miércoles, 16 de noviembre de 2016

CALOR

Historia de Enia y Alate, continuación de CANTO

Dara, la Mina

Su corazón palpita tan fuerte que parece ensordecer los ruidos nocturnos y por un momento teme que las revele. Pero todo es quietud. El campamento ha quedado desierto, a excepción de los dos hombres que se han quedado a cargo y los propios prisioneros. Ha pasado un rato desde que Tane se fuera a alimentar el fuego de la fragua. Dara se endereza y desata la cuerda floja que simulaba atar a Azeri. Ésta exhala un suspiro, aliviada.
Dara trata de colocarse la cabellera pajiza mientras dedica un gesto firme a la montañesa, indicándole que permanezca en el chamizo. Pero al agarrar el mango del cuchillo, oculto entre las ropas, su mano asemeja una mariposa en pleno vendaval: se apresura a ocultarlo.

La oscuridad de la noche se extiende espesa entre las cabañas, evita los rescoldos y se parapeta allá en el bosque, impenetrable. El tal Olen, un pastor joven pero enorme, se entretiene quemando ramitas junto a la prisión de los Ohiandar. Las llamas arrancan rasgos monstruosos de su cara rubicunda. Sin embargo, cuando alza la vista para recibirla, Dara sólo ve a un chico aburrido y solo. Un escalofrío le recorre la columna y se queda parada, mirándole.

- Vaya noche más fría. Me sentiría honrado si compartieras mi fuego.

Reacciona y se acerca con paso vacilante. Se acuclilla junto a él, muy cerca, y agradece el calor de la hoguera. De entre las toscas tablas que conforman la cabaña de los esclavos le llega un ligero murmullo. Se inclina aún más sobre Olen y tartamudea entre susurros.

- ¿Ahí están los prisioneros? ¿No podrían escaparse? ¿Atacarnos?

El joven pastor se encoje azorado, pero un rápido vistazo a la desolación que los rodea le encorajina.
- ¿Estos? –se yergue, golpeando la portezuela- son unos cobardes. Están domesticados. Y si no, saben perfectamente lo que les espera. Nadie puede hacerte daño estando yo de guardia.

Dara ya puede oler el aliento a oveja que exhala el pastor, pero su atención se centra en dirigir la mano, torpe, en busca del cuchillo. La duda y el miedo la sacuden por dentro. Entonces ve su reflejo titubeante en los asombrados ojos de Olen, y las siguientes escenas se agolpan raudas a escasos centímetros de su rostro.
El joven se abalanza sobre ella y la enorme mano aprisiona su muñeca con fuerza, de forma que suelta el cuchillo, que cae al suelo; la otra se cierra sobre su garganta y el dolor le impide oír los gritos de Olen, cuya expresión muda de la sorpresa a la ferocidad y, de ahí, al completo desconcierto, sin que Dara pueda parpadear. Un pequeño proyectil cruza su escasa línea de visión, golpea en la cabeza al vigía y las manazas ceden, permitiéndole tomar una bocanada, antes de que el enorme cuerpo trastabille. Unos instantes de aturdimiento permiten a Dara zafarse de su abrazo, mientras una silueta se desliza entre el fuego y ella y golpea como un rayo de nuevo.

Los sonidos vuelven a fluir junto con el aire y Dara capta el quejido moribundo de Olen entre los gritos de los cautivos. Estira la enorme mano, quizá tratando de asirse a la vida, que se escapa con el viento helado hacia la espesura del bosque. Azeri jadea a su lado y retira del cuello, inerte, el puñal: una vez más, ensangrentado y brillante. Corta las cuerdas que afianzan el postigo de la prisión y se lo devuelve a Dara. En su lugar, toma la piedra que le sirviera como proyectil para aturdir al pastor y desatranca la puerta.


La joven permanece temblando en el suelo, junto a la hoguera y el cadáver: ambos desprenden aún calor. 


 Urtxin, la Mina

Tras la conversación en el gangoso e inteligible idioma helvatien y los gritos, reinó el silencio. Urtxin puede mascar la ansiedad en el aire frío de la cabaña. Casi nota girar sus orejas como las de una liebre al captar movimiento en la puerta. Unas cuerdas se rasgan y el postigo se suelta con un golpe seco. La débil luz de una hoguera moribunda recorta una pequeña silueta en el vano.

- ¿Hola?-resuena clara una voz femenina- ¿Igel? ¿Ahat?

- ¿Azeri, eres tú?- se agita Igel, un jovenzuelo del clan de la Nutria, desde una esquina. El frío le entró en el pecho unas noches atrás y desde entonces respira con dificultad.

Urtxin recuerda a Azeri. Es una ruda muchacha, apenas una niña, del mismo clan que Igel. Parece que hubieran pasado años desde las noches del viaje en las que contaban cuentos. Azeri era la mejor narrando. Después de él mismo, claro.

Una vez liberadas las ataduras, salen al exterior. En el suelo yace muerto un hombre. Urtxin lo reconoce como un joven reservado, de los capataces menos violentos. Pero no siente lástima. A su lado, una joven de aspecto helvatien los mira con el rostro pálido.

- Ésta es Dara. Viene con nosotros a las montañas; –ante las miradas inquisitivas de los hombres, Azeri frunce el ceño - nos está ayudando y se viene conmigo. ¿Sabéis donde tienen las armas?

La helvatien parece despertar y agarra con fuerza un puñal bañado en sangre, que le resbala hasta la mano. Rebusca en el cinturón del muerto y extrae una antorcha, que enciende con los rescoldos. Le dirige a Azeri una palabra y se encamina hacia el bosque. Ésta les hace un gesto de apremio y la sigue, con el resto detrás. A una mujer como Azeri, es mejor no hacerla enfadar, piensa Urtxin.

- ¿Qué ha pasado con el resto de las chicas? ¿Cómo lograste escapar? –Igel corre detrás de la chica. Azeri niega en silencio y corta el chorreo de preguntas. Sin embargo, se vuelve hacia Urtxin.

- Enia te estaba buscando. Nos encontraremos con ella en la aldea del Roble.

El dolor de sus hombros se aligera, como cuando deposita los cestos cargados de mineral al final de la jornada. Un escalofrío le recuerda que no tendrá que volver a hacerlo.

Se adentran en el escaso bosque que sobrevive alrededor del campamento, en dirección a la hoguera. Ninguno de ellos sabe por qué, pero siempre hay una columna de humo alzándose desde ese lado de la montaña. Cuando, previsiblemente, se encuentran cerca del origen, Dara les indica que paren y esperen allí. Azeri asiente y la joven de pelo dorado desaparece de su campo de visión.

Los ruidos del bosque le inquietan. Quién sabe cuándo pueden volver los helvatien. Quiere preguntar cómo han conseguido deshacerse de ellos, pero entende que no es el momento. Tras los arbustos, capta la voz de Dara hablando con un hombre. Después, un grito y silencio.

Se apresuran a encontrarse con ella y la encuentran triunfante, casi sonriente, junto a un vigía sangrante y agujereado como una red de pesca a sus pies.

El origen del humo es una extraña hoguera semienterrada en el suelo. Anexa se alza una caseta llena de armas hechas con el mineral maldito. Fabricadas a partir del sudor y la sangre de los suyos. Algunas aún están calientes.




Historia y fotos por Elisa Rivero

sábado, 5 de noviembre de 2016

DEMONIO

Cuentan que la montaña esconde un oscuro secreto. Los rescoldos de las hogueras captan entre  murmullos ahogados la historia de un demonio que allí habita, oculto. Reprenden las madres a sus retoños cuando se alejan del poblado: el monstruo te comerá.

Cantan los niños una cantinela, para alejar los malos espíritus del bosque. Versa la letra que las hojas tienen oídos y, cuando el viento las agita, susurran su historia al dios del monte.
Dicen los valientes que han visitado la montaña que, a veces, camina a su lado, etérea y leve, un hada: no hay que dejarse engañar, pues se trata de una antigua diosa caída, enfurecida con los humanos.
Los pastores narran encontronazos con una criatura diabólica, negra como noche sin luna: mezcla de lobo, cuervo y hombre, que ataca a las ovejas y derrama su sangre sobre la tierra. Porque el monstruo nació entre la sangre de su propia estirpe, cuentan. La dulce hierba de la pradería está maldita, y los rebaños ya no pueden pastar allí. 











Pero yo se la verdad. Es el último de una raza arcaica, una cultura perdida. Su nombre es Dusios.
Por Elisa Rivero Bañuelos

lunes, 15 de agosto de 2016

Esperpento de dioses

El programa de sol a la luz de la luna,
esperpento de dioses
a la faz del cielo pidiendo clemencia
por aquél que viene a iluminar el alba
y abatir los espectros que aúllan
incluso en la noche clara.
Bienvenido el día a la luz
y se acurruque la oscuridad 
bajo las piernas de un dios inventado
que vino a robarle el aliento a la Antigüedad.


Raquel Alvarado

martes, 28 de junio de 2016

CANTO

Historia de Enia y Alate, continuación de NUDOS



Urtxin, la mina


Urtxin oye un traspié a su espalda y las piedras ruedan por la desvencijada colina. “Bien podría ser yo, montaña abajo. Así, descansaría al fin”. El sol se pone, lejano y frío, entre las copas de los árboles, que ya amarillean. ¿Es el reflejo del sol, o el otoño que avanza, inexorable?. Según descienden, sus ojos empañados por el polvo captan revuelo en el campamento. Los pastores transitan diligentes, como las hormigas en el hormiguero, cargando con fardos entre las cabañas y avisando a sus compañeros. Urtxin se extraña, ya que normalmente son vagos y desordenados.

El capataz les azuza y los esclavos responden, despertando de su letargo, curiosos por enterarse de lo que ocurre en el campamento. Junto a la tienda del jefe cree distinguir a dos mujeres, pero el embate del pastor le obliga a acelerar el paso y baja la vista para no tropezar.

Una vez abajo, el capataz es relevado y varios hombres les empujan dentro del chamizo que hace de dormitorio, comedor y, a veces, incluso baño. Al entrar, Arran se golpea la frente contra una viga y Urtxin capta las lágrimas asomando en sus ojos: apenas es un crío. Los pastores les afianzan las ataduras y, como en las primeras noches que pasaron en la mina, les atan a las vigas laterales. Se preguntan el porqué de tanta seguridad: habían pasado semanas desde el último intento de fuga. Nadie se queja: los que protestaban, ya no están.
La puerta se cierra y las voces se alejan.

- ¿Habéis visto a esas mujeres? –se atreve, por fin, alguien a murmurar. En la creciente oscuridad, reconoce la ajada voz de Hartz.
- Una parecía Ohiandar… -Arran, a su lado, trata de tocarse la cabeza con los brazos atados. Sin embargo, su voz refleja esperanza.- Estoy seguro, era de las nuestras.

El alboroto de los pastores se aleja, disolviéndose cual niebla en la quietud del bosque. Cerca, un cárabo ulula: uu, uú, ú-ú-ú-ú. Y al cabo: ti-uuic. Urtxin se sobresalta y recuerda un cuento.



Azeri, la mina

Aunque el lazo que rodea sus muñecas no aprieta, Azeri se siente inquieta, como un pajarillo entre las manos de un niño, pugnando por alzar el vuelo. Mira a Dara, que permanece estática a su lado, esperando, paciente. No tiene nada que ver con la chica temblorosa que recogió hacía un día. “Un día tan solo…”.

Una brisa gélida, presagio ya no del otoño, sino del crudo invierno, desciende por las montañas y se filtra por las paredes de la cabaña como una serpiente.

Azeri rescata un viejo pasatiempo y comienza a recitar, en voz queda y suave.

“Hubo una vez un cárabo, blanco como la nieve, cuyas blanquísimas plumas, más suaves que los pétalos del edelweiss, surcaban el bosque sin producir ruido alguno. Pero su belleza no era compartida por el resto de cárabos, que en las tibias y rosadas noches de julio silbaban su canción de amor desde los viejos robles. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, cantaba uno; ¡ti-uuic! Traía la brisa, presta, la respuesta de su amada. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, cantaba el cárabo blanco, pero nadie parecía oírle. Sus pardos compañeros se volvían invisibles para él en los tocones de los árboles, e invisible era él para sus oídos.”

Cárabo lapón

Dara la observaba con sus hermosos ojos castaños, embelesada aunque no la entendiera.

“Atormentado, el cárabo níveo salió del bosque, buscando la blancura de la montaña. Alcanzó el circo de la cordillera por la noche, cuando una enorme luna, pálida, emergió entre los riscos. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, la llamó el ave; Uu, uú, ú-ú-ú-ú, uú, ú-ú-ú-ú, reverberó la montaña: y el creyó que fue la luna. Y, aunque en su corazón herido sabía que no era la respuesta adecuada, voló en silencio, arriba, hacia el helado cielo estrellado.

Quisiera la brisa, o tal vez la celosa luna, que el cárabo no oyera una lejana llamada, desde el otro lado de la montaña, que apremiaba: ¡ti-uuic!”

La luz se extinguió finalmente y el bosque se sumió en el silencio inquieto del otoño, quebrado en la lejanía por la berrea del ciervo.

Texto y fotos por Elisa Rivero









jueves, 16 de junio de 2016

NUDOS

Historia de Enia y Alate, continuación de LLUVIA

 

Dara, camino de las montañas


Permanece inmóvil por un instante, tratando de vislumbrar su aspecto reflejado en la orilla del río, pero las gotas que ruedan desde los alisos lo perturban como si cientos de zapateros bailaran sobre la superficie. Dara se lava el barro y el sudor de la cara, agradeciendo el contacto dulce y refrescante del agua. No puede salir bien, se dice. Sin embargo, la idea de salir corriendo, sola, le aterra.


Hace un gesto a Azeri y se apresuran en retomar su camino. Las nubes se deslizan hacia el sur, ligeras tras abandonar su pesada carga, y Dara se pregunta qué habrá al sur, qué habrá al oeste, allá donde se dirige. Cree distinguir a Enia a lo lejos, cruzando el río. O quizá es una nutria.





El bosque, denso y chorreante, se le antoja todo igual. Sabe dónde está la mina: padre le había llevado hacía unos años, cuando la descubrieron. Decía que allí erigiría un altar, entero de bronce, a Gobanno. Ya no podría ser: los dioses de Ötzi eran otros, si es que los tenía.


Por allí cerca, en algún lugar, se alzarían los refugios derruidos del extinto Clan del Jabalí. En su momento, a Dara le había parecido justificado aniquilar a esos salvajes que, de vez en cuando, les robaban las ovejas y realizaban incursiones en su territorio. En aquel momento sólo conocía a un hombre de las montañas, aquel traidor de Urden, un hombre desagradable y falto de dignidad. Ahora se da cuenta de que no todos los Ohiandar eran así y, por un momento, siente repulsión por su pueblo, por sí misma.

Finalmente, parece que Azeri ha encontrado un camino entre la maleza, demasiado grande para ser sendero de animales. Antes de tomarlo, Dara se descuelga del cinturón la cuerda que Enia le había prestado y ata un suave pero aparatoso nudo alrededor de las finas muñecas de la joven. ¿Cómo podía empuñar el arma y cazar con esas manitas? Se pregunta, perpleja. La centelleante mirada azabache de la montañesa, que se revuelve inquieta por estar de nuevo atada, barre todas sus dudas.

El camino, custodiado por altos espinos, se adentra en las montañas.


Enia, al sur del río


Enia se desata el fardo de la cabeza y se escurre las ropas empapadas con hastío. No había tenido tiempo de desvestirse del todo para cruzar el río. Un cormorán que se secaba las alas a escasos metros emprende el vuelo.




Chapotea por el barro de la orilla, asegurándose de marcar bien su rastro, y se apresura a encender un fuego. Su yesca de hongos y el perdernal están bien secos, pero las pocas ramas que consigue apilar humean y crepitan, negándose a arder. Para bien, o para mal. Así, confía, atraerá pronto la atención de los perseguidores.

Le habría gustado ser ella la que fuera a la mina a buscar a los suyos y ver a Urtxin, pero sabe que tiene más probabilidades de escapar que aquella joven del Clan de la Nutria, Azeri. Apenas le calcula 14 años.


Emplea unos minutos en secarse y engullir unas tiras de ciervo ahumado con moras: no tendrá tiempo de comer en lo sucesivo. Unos tímidos rayos de sol asoman entre los chopos y arrancan destellos escarlata de su larga cabellera, que se recoge con un prieto nudo. Los herrerillos y los mitos gorjean entre las ramas. A lo lejos, vuelven a oírse los ladridos. La joven apaga el fuego y reemprende la marcha hacia el sur.


Dara, la mina

- ¿Quién va?- una voz se alza tras un enorme rododendro. Dara da un respingo y se estira las maltratadas ropas. Su aspecto debe ser deprimente.
- Soy Dara, esposa de Ötzi –carraspea, aclarándose la garganta. A sus oídos, su voz suena débil, falta de autoridad.

Del recodo del camino emerge un pastor alto y rubicundo. Dara no le identifica: los hombres del oeste le parecen todos iguales. Sin embargo, él sí la reconoce y baja la larga lanza con un leve gesto de respeto.
- ¿Quién está a cargo?- la joven tira con brusquedad de la soga, con lo que Azeri se acerca agachada, gruñendo.


El pastor le hace un gesto y recorren el camino hasta llegar a un claro. Los árboles han sido cortados, algunos recientemente, y sus tocones, aún sangrantes, ofrecen una visión desoladora. Allí se alza un destartalado campamento, al pie de la cantera. Dara observa con perplejidad como la montaña ha sido devorada, como si una piara de jabalíes gigantes hubiera hozado en la piedra dura. Pero no son jabalíes: una hilera de hombres se acerca, arrastrando sus picos y acarreando canastos llenos de piedras. Azeri respinga al verlos. El sol se esconde ya entre las cumbres de las montañas y deshilachadas nubes de humo ascienden tras el campamento: tienen que proceder del horno.


El pastor les conduce al interior de uno de los chamizos. Trata de retener a Azeri, pero Dara sujeta la soga con firmeza, dedicándole una mirada de reproche. Dentro, un hombre con cabello plateado, ya entrado en años, bebe con placidez de un hermoso cuerno de uro. Al verlos entrar, se sobresalta, derramando un chorro del espeso líquido. Es el tío de Ötzi, pero no consigue recordar su nombre.

- Ah, hermosa Dara-recita mientras trata de ponerse en pie sin tirar el cuerno.- Vuestro enlace ha debido ser ya, felicidades ¿qué te trae por aquí? ¿Cómo es que no estás con mi sobrino?
- Sí, tío –miente.- Fuerzas mayores me alejan de mi esposo, por quien temo. Los salvajes atacaron el pueblo por la noche, liberando a las esclavas, y se está librando una batalla sangrienta allí abajo –Dara recuerda los acontecimientos reales y las lágrimas de agolpan de nuevo en sus ojos. Se le quiebra la voz- Mataron a mi padre. Ötzi me puso a salvo y me envió a buscar ayuda: necesitaba a todos sus hombres.
- Es terrible. Siento lo de Goban, era un gran hombre-murmura con desinterés. -¡Olen, llama a los chicos! Atad a los salvajes y encerradlos en la cabaña. Tú y Tane, quedaros a vigilarlos; el resto, al pueblo conmigo- el viejo exhala un profundo suspiro, como en un intento de despejar su cabeza embotada, y se levanta resolutivo.- ¿Y esa perra qué hace aquí?-escupe, mirando con desprecio a Azerí.
- Es mi esclava. Pertenecía a mi padre.
- Guárdate de esos salvajes traidores –el hombre se viste su parca de lana y recoge una espada de bronce y el zurrón.- Te quedarás aquí, estarás más segura. Además, nos retrasarías…-masculla más para sí mismo, mientras se aleja a toda prisa. Fuera, se oye el murmullo de los hombres: quejas, preguntas y exclamaciones.

Dara y Azeri se asoman para presenciar cómo los pastores azuzan a los esclavos Ohiandar, como si de perros sarnosos se tratara. La luz decae y, por detrás del griterío, se distingue la llamada puntual del cuco: cu-cu, cu-cu.



Texto y fotos por Elisa Rivero


Capítulo siguiente: CANTO






miércoles, 1 de junio de 2016

LLUVIA



Historia de Enia y Alate, continuación de MUSGO



Dara, oeste del poblado Helvatien


Los ladridos se multiplican y resuenan río abajo. No tardarán en llegar. Dara se levanta de un salto y las hojas de un sauce se le enredan en el pelo. Tiene el cuerpo aterido y maltratado tras la huida de la víspera, pero no le presta atención. La chica de las montañas, a su lado, la observa con sus inexpresivos ojos azules mientras escucha atenta, tiesa como una liebre.
Dara sabe que no pueden huir de los perros. Tarde o temprano, Ötzi las encontrará. Una desesperada fuerza estalla en su pecho, poniendo en marcha los engranajes de su cabeza, antes dormida: es el ansia de libertad, que ya había dado por perdida.



Saltando unas matas de juncos, se acerca a la orilla y extrae el fino limo depositado bajo los cantos rodados, aplicándoselo con premura sobre la piel y la ropa. El barro podría disfrazar su olor durante un tiempo, retrasando a los perros. En seguida, la joven Ohiandar se arrodilla junto a ella, emulándola y lavándose la sangre del pastor, ya ennegrecida. Una enorme rana verde brinca desde los ranúnculos.
- Se imaginarán que seguimos el curso del río y nos rastrearán, al menos, hasta aquí –Dara nota su voz ronca, extraña. Ni siquiera sabe si la entiende, pero necesita compartir su plan. Se acompaña de gestos. -Debemos alejarnos de la orilla.



Dara capta la duda en su rostro. Por un momento, se contempla a sí misma a través de los ojos de la montañesa: la visión es patética. Aun siendo más mayor, se siente débil como una niña; su delicada piel, magullada; su bonito pelo, enmarañado con barro y hojas; los ojos, enrojecidos de tanto llorar. Frente a ella, la mirada de la chica revela la fiereza y la determinación de un tejón. La envidia.



Finalmente, toma su brazo como ella hiciera ayer, y se vuelve hacia el bosque de galería, aún oscuro, que se despereza en un torrente de cantos de aves.




Enia, camino del este



Nubes oscuras recorren el cielo raudas desde el norte, cubriendo el pálido azul del otoño. Enia percibe aún rastros del verano en las tierras bajas: zarzamoras cuajadas de frutos, mariposas por doquier y pocas hojas marchitas crujiendo bajo sus pies. Las primeras gotas golpean el suelo templado, arrancándole olores terrosos. Sin embargo, en la montaña el otoño ya llegó hace algún tiempo.




Enia se aleja ligeramente del río para no hundirse en los sedimentos de la ribera, que empieza a enfangarse. Río abajo, entre el repiqueteo de la lluvia, cree oír los ladridos de un corzo. Al poco, se para: los ladridos de nuevo. Pero no son de corzo. Permanece estática entre unos endrinos, atenta. Capta un movimiento por el rabillo del ojo y distingue dos siluetas moviéndose ágiles por el bosque: Enia se acerca furtiva, ocultándose tras los arbustos, hasta que alcanza a verlas mejor. Son dos chicas y, aunque están cubiertas de barro y hojas, identifica a una como Ohiandar, aunque no la conoce; la otra se le parece a las jóvenes de su aldea natal, por lo que intuye que es una Helvatien. ¿Qué hacen juntas, huyendo a través del bosque?
De pronto, sus ojos se cruzan con la glacial mirada de la Ohiandar, que refleja sorpresa, miedo.
- ¡Esperad!- exclama en el idioma de las montañas.- Por favor.
A lo lejos, entre el rumor del río, resuenan los ladridos. Las dos chicas han detenido su huida y la observan tensas, prestas para seguir corriendo.
- ¿Eres Ohiandar? ¿De qué Clan?- Enia se acerca con la cabeza gacha y actitud conciliadora. Entiende que su aspecto es extraño, y sorprende tanto a Ohiandar como a Helvatien- Yo soy Enia, del Clan del Corzo.
- ¿Enia? ¿La amiga de Urtxin, el cuentacuentos?
- ¿Conoces a Urtxin?- Enia se aproxima, esperanzada. -¿Dónde está? ¿Dónde están todos?
Las miradas de las dos chicas se vuelven una y otra vez hacia el este, preocupadas. Sus piernas parecen tirar con la fuerza de un uro hacia las montañas.
- Ahora no hay tiempo -se acelera la Ohiandar-: nos persiguen.
La fría lluvia otoñal se funde con el barrio y el sudor mientras las tres mujeres recorren, furtivas, el bosque. Las palabras se agolpan en la boca de la chica, robándole el aliento, y desgranan los acontecimientos ocurridos en las últimas semanas. Enia trata de entenderla entre el repiqueteo de las gotas y los ladridos de los perros, atenuados por la tormenta. Una idea comienza a tomar forma en su cabeza.
Capítulo siguiente: NUDOS

Texto y fotos por Elisa Rivero

domingo, 1 de mayo de 2016

MUSGO

Historia de Enia y Alate, continuación de FILO

Enia, camino del este
Han pasado dos jornadas desde que Enia dejara el valle. El primer viento de la mañana vino del ala del zorzal, que cantaba noticias inquietantes del este. Su compañero, el río, ha pasado ya la infancia retozona de saltar entre las peñas y ahora excava y deposita; excava y deposita: trabajador, sinuoso.

A media mañana, la joven se encarama a una enorme roca que emerge del bosque, permitiéndole observar el paraje que le espera delante. Por un momento, Enia deja de ser la cazadora Ohiandar y vuelve a tener diez años. Reconoce el paisaje de la tierra natal que abandonó, vuelve a oler el humo del fuego y casi puede tocar la suave piel de Alate. Y, sin embargo, sabe que no es esa tierra. Su tierra estaba al sur de las montañas: ésta, al este.

El macizo se suaviza y las formas se aplanan hacia el horizonte, permitiéndole ver lugares lejanos, montañas distintas. ¿Quién vivirá allí? ¿Habrá otra persona preguntándose lo mismo, tratando de penetrar la neblina? Se pregunta Enia mientras, distraída, acaricia el musgo seco de la piedra. Pero lo que ella busca está más cerca. Junto al río perezoso y panzudo, como una serpiente que acabara de comer, se extienden los campos de cultivo de los Helvatien. Allí debían estar Urtxin y los demás.
Esos son sus pensamientos mientras desciende de la vetusta roca y se interna de nuevo en el bosque, hacia el este, hacia abajo.
A menos de un kilómetro de allí, hacia el norte, Urtxin desgarra la piel de la montaña con su pico. Cada golpe apenas araña la tierra, pero sus huesos y su conciencia retumban.



Azeri, oeste del poblado Helvatien


Las dos jóvenes avanzan con lentitud entre los arbustos de la ribera, arañándose la piel y golpeándose con troncos y piedras. Dara, especialmente torpe, se tropieza y cae una y otra vez, hasta que Azeri decide parar. Apenas pueden ver en la oscuridad y, aunque el cielo está despejado, la frondosidad de la alameda impide que se filtre la luz de las estrellas.

Dara se estremece en un llanto quedo, interminable y monótono. Azeri no puede distinguir sus heridas, pero nota la sangre viscosa enfriándose en su brazo, que no suelta. Sabe que no llora por los golpes.

Se refugian tras una roca, en la orilla del río. Azeri recoge algo de musgo y las hojas secas que ya desechan los árboles y se ovilla junto a la chica, como dos visones en su cubil. No puede permitirse hacer fuego y, aunque pudiera, no tiene su yesquero.

Los remordimientos la carcomen mientras trata de permanecer alerta a todos los ruidos del bosque. La brisa estremece las hojas de los chopos, que se balancean con placidez. No pudo liberar a ninguna de las esclavas, sus compañeras de viaje -algunas, compañeras de Clan de la Nutria-. A la hora del duelo estaban ya encerradas en sus cabañas, todas próximas al gentío y a los pastores. Mira a Dara y quiere odiarla. <<Si no hubiera sido por ella...>>. Pero sabe que no es verdad.

Siente los murciélagos de ribera cortar el aire, raudos, sobre su cabeza. A lo lejos, ulula un cárabo. Un ruido entre los salcillos le sobresalta: al poco, se oye un chapuzón sigiloso y Azeri sabe que es la nutria. Siente el impulso de sumergirse en las aguas oscuras y alejarse del mundo con ella. Dara duerme.

La melodía de la ribera las acuna mientras el nuevo día se despereza. Un ladrido lejano rompe el hechizo y las dos chicas se tensan. Azeri mira a Dara y descubre el terror en sus hermosos ojos dorados.

*En la foto hay una nutria con su cría, pero no se distingue bien

Texto y foto por Elisa Rivero Bañuelos

Capítulo siguiente: LLUVIA