martes, 25 de abril de 2017

Carnyx

Furiosas rachas de viento agitan y desparraman las nubes, arriba en el cielo. En el valle, el aire es canalizado en un torrente que aúlla y ensordece los sonidos de seis ejércitos unidos: el tintineo de las armas, el resuello de los caballos. Un halcón bucea en la brisa como un relámpago y, tras varios quiebros, alcanza una paloma. Es el augurio que aguardaban.

Un bramido estruenda entre las rocas, rasgando el aparente silencio: varios metros y capas del más trabajado bronce, culminados en una fiera cabeza de jabalí, son su origen.

Bellovesus, de los Bituriges, llega al paso de Taurini. Resuena el Carnyx.

Tiembla Etruria.


Foto de Guillermo Sánchez, réplica de Carnyx de la exposición de Música en la Prehistoria.


Siglo V a.C. La Galia florece bajo el reinado de Ambicatus, el primer rey "del mundo" galo (Biturix). Ante el exceso de población, Ambicatus manda a sus dos sobrinos a conquistar tierras nuevas. Un auspicio envía a Segovesus a tierras germanas, a través del bosque Hercinio, mientras que el afortunado Bellovesus se dirige a la rica península Itálica, custodiada en su parte más norteña por los etruscos.
El ejército, dirigido por Bellovesus y congregando a diversas tribus de celtas galos (Bituriges, Arverni, Senones, Aedui -mayormente Insubres-, Ambarri, Carnutes, y Aulerci) se topa con los Alpes, que impiden su paso a Etruria.
Los galos acuden en ayuda de la colonia griega o emporion de Massalia, atacada por los Salyses. En retorno, los foceos de Massalia guían a la confederación gala a través del paso de Taurini, gracias a una señal de los dioses, para entrar a Etruria.
La aventura terminaría con los etruscos siendo derrotados en el río Ticino, de forma que los galos se asentaron en Insubria y fundaron Mediolanum (Milán).


En el pequeño texto de arriba, los galos hacen sonar un instrumento: es el carnyx, una magnífica trompeta de bronce gala rematada en una cabeza de jabalí. Parece que podría haber sido usado para incitar a los guerreros en combate.



lunes, 27 de marzo de 2017

ROBLE

Historia de Enia y Alate, continuación de CALOR
Enia, camino del campamento base del Clan del Roble

Al aproximarse el anochecer, Enia se topa con un arroyo y decide que ya es hora de dar la vuelta y dirigirse hacia el norte. Cuando los helvatien topen con el final del rastro en el agua fría del torrente, no podrán recuperarlo con facilidad. Y, en caso de que lo lograran, ella ya se encontraría a salvo en la aldea del Roble. Pero… ¿Dónde se escondía?

El asentamiento de invierno del clan Harix era famoso por su aislamiento, tanto físico como cultural, del resto de clanes de las montañas. El campamento, cuentan,  se encuentra disperso en lo más profundo de un bosque de robles milenarios, y parte de las viviendas están construidas sobre sus ramas. En el pasado apenas acudían a las reuniones y festividades, aunque esto había cambiado en los últimos tiempos: una nueva generación de jóvenes, hastiados del hermetismo del pueblo, abrió las fronteras.


Sin embargo, la luz se escapa tras las montañas y Enia no consigue encontrar ningún rastro claro que le indique hacia donde seguir. El pulso se le agita ante la idea de haber pasado de largo el campamento, y acelera su paso. Una raíz se enreda en su bota derecha y cae al suelo, raspándose las palmas de las manos. Permanece allí varios segundos, tratando de oír los ladridos de los perros y las llamadas de los hombres, pero no capta nada. Un movimiento furtivo llama su atención a escasos metros: una ardilla rebusca entre las ásperas hojas del lecho del bosque. Sus ojitos brillantes se posan en Enia por un momento, agita la cola y se gira. El cansancio y el hambre tiran de sus piernas hacia abajo, hacia las hojas: ojalá fuera una un erizo. Pero el miedo le insufla fuerza, se levanta trabajosamente y persigue a la ardilla a través de la atmósfera húmeda y oscura del bosque.

Enia recuerda el cuento preferido de Urtxin: “es sobre el origen del clan del Roble” recita siempre antes de empezar, con una curiosa mezcla de solemnidad y risa en su boca. “Hace muchos… ¡No muchos! ¡Muchísimos veranos, tantos como palmos se alza la gran montaña sobre el río! Recorrió estas tierras una ardilla harto peculiar. Su familia procedía de los templados bosques del sur, donde el sol madura las bellotas y calienta la tierra. Aquí, las agujas de los abetos se le clavaban en las patas, y los rancios piñones apenas hacían crecer su rojizo pelaje para soportar las heladas del invierno. Su pequeño corazón se oscureció como las noches invernales, en las que, más que soñar, anhelaba el calor del sol y el sabor de la bellota. Sus risueñas compañeras agitaban jactanciosas las espesas colas al verla pasar y se reían de la ardilla y sus bellotas.
 Entonces, un largo invierno, la afligida ardilla se encaminó al sur, jurando volver. Esa primavera, en contra de todo pronóstico por parte de sus congéneres, la peculiar ardilla reapareció triunfal con una bellota seca, antes de desplomarse y expirar. Las ardillas, conmovidas, enterraron la semilla allí donde muriera su portadora, sobre un promontorio rocoso en lo más profundo del bosque y, pasados los meses, una débil plántula se abrió paso entre la piedra. Pasaron raudos los inviernos y los veranos, así como pasó la historia de la intrépida ardilla de boca en boca, y el roble, raquítico, apenas conseguía alzarse del manto del bosque en busca de un rayo de sol, pues los altos abetos la asfixiaban.
Una calurosa tarde estival, un humo negro y espeso anunció la tragedia que estaba por llegar: un demonio rojo y palpitante, de mil lenguas, devoraba el bosque. Las ardillas y los pájaros no lo conocían: era el fuego. Los abetos crepitaban y se derrumbaban unos sobre otros; las criaturas corrían despavoridas, tratando de salvar la vida. Las ardillas se sitiaron en el promontorio, donde el débil roble se alzaba testarudo sobre la roca. Las llamas no pudieron saltar la fría piedra para alcanzarlo y, cuando la lluvia salvadora, enviada por la diosa, apagó el enorme incendio, tan solo el roble, enclenque, se alzaba en el antiguo bosque, plagado ahora de los  esqueletos negruzcos de los abetos.
Pudiendo al fin captar la luz, el árbol se estiró y creció frondoso, cubriendo el suelo calcinado y fértil de gruesas bellotas, que las ardillas plantaron por todo el territorio, agradecidas.
Allí se alza aún el testarudo roble, recuerdo de una ardilla muy peculiar, padre de todo el bosque que lo rodea y hogar del Clan Harix.”



Una tímida sonrisa que, en la oscuridad, sólo puede ver el cárabo, emerge en la boca de Enia mientras sigue a la ardilla a través del bosque. De pronto, el suelo cruje bajo sus pasos.  La luna le ilumina entre las ramas desnudas. Ha dejado atrás el mullido suelo de acículas y ahora pisa una hojarasca de mil colores: hojas de roble.




Por Elisa Rivero Bañuelos

miércoles, 16 de noviembre de 2016

CALOR

Historia de Enia y Alate, continuación de CANTO

Dara, la Mina

Su corazón palpita tan fuerte que parece ensordecer los ruidos nocturnos y por un momento teme que las revele. Pero todo es quietud. El campamento ha quedado desierto, a excepción de los dos hombres que se han quedado a cargo y los propios prisioneros. Ha pasado un rato desde que Tane se fuera a alimentar el fuego de la fragua. Dara se endereza y desata la cuerda floja que simulaba atar a Azeri. Ésta exhala un suspiro, aliviada.
Dara trata de colocarse la cabellera pajiza mientras dedica un gesto firme a la montañesa, indicándole que permanezca en el chamizo. Pero al agarrar el mango del cuchillo, oculto entre las ropas, su mano asemeja una mariposa en pleno vendaval: se apresura a ocultarlo.

La oscuridad de la noche se extiende espesa entre las cabañas, evita los rescoldos y se parapeta allá en el bosque, impenetrable. El tal Olen, un pastor joven pero enorme, se entretiene quemando ramitas junto a la prisión de los Ohiandar. Las llamas arrancan rasgos monstruosos de su cara rubicunda. Sin embargo, cuando alza la vista para recibirla, Dara sólo ve a un chico aburrido y solo. Un escalofrío le recorre la columna y se queda parada, mirándole.

- Vaya noche más fría. Me sentiría honrado si compartieras mi fuego.

Reacciona y se acerca con paso vacilante. Se acuclilla junto a él, muy cerca, y agradece el calor de la hoguera. De entre las toscas tablas que conforman la cabaña de los esclavos le llega un ligero murmullo. Se inclina aún más sobre Olen y tartamudea entre susurros.

- ¿Ahí están los prisioneros? ¿No podrían escaparse? ¿Atacarnos?

El joven pastor se encoje azorado, pero un rápido vistazo a la desolación que los rodea le encorajina.
- ¿Estos? –se yergue, golpeando la portezuela- son unos cobardes. Están domesticados. Y si no, saben perfectamente lo que les espera. Nadie puede hacerte daño estando yo de guardia.

Dara ya puede oler el aliento a oveja que exhala el pastor, pero su atención se centra en dirigir la mano, torpe, en busca del cuchillo. La duda y el miedo la sacuden por dentro. Entonces ve su reflejo titubeante en los asombrados ojos de Olen, y las siguientes escenas se agolpan raudas a escasos centímetros de su rostro.
El joven se abalanza sobre ella y la enorme mano aprisiona su muñeca con fuerza, de forma que suelta el cuchillo, que cae al suelo; la otra se cierra sobre su garganta y el dolor le impide oír los gritos de Olen, cuya expresión muda de la sorpresa a la ferocidad y, de ahí, al completo desconcierto, sin que Dara pueda parpadear. Un pequeño proyectil cruza su escasa línea de visión, golpea en la cabeza al vigía y las manazas ceden, permitiéndole tomar una bocanada, antes de que el enorme cuerpo trastabille. Unos instantes de aturdimiento permiten a Dara zafarse de su abrazo, mientras una silueta se desliza entre el fuego y ella y golpea como un rayo de nuevo.

Los sonidos vuelven a fluir junto con el aire y Dara capta el quejido moribundo de Olen entre los gritos de los cautivos. Estira la enorme mano, quizá tratando de asirse a la vida, que se escapa con el viento helado hacia la espesura del bosque. Azeri jadea a su lado y retira del cuello, inerte, el puñal: una vez más, ensangrentado y brillante. Corta las cuerdas que afianzan el postigo de la prisión y se lo devuelve a Dara. En su lugar, toma la piedra que le sirviera como proyectil para aturdir al pastor y desatranca la puerta.


La joven permanece temblando en el suelo, junto a la hoguera y el cadáver: ambos desprenden aún calor. 


 Urtxin, la Mina

Tras la conversación en el gangoso e inteligible idioma helvatien y los gritos, reinó el silencio. Urtxin puede mascar la ansiedad en el aire frío de la cabaña. Casi nota girar sus orejas como las de una liebre al captar movimiento en la puerta. Unas cuerdas se rasgan y el postigo se suelta con un golpe seco. La débil luz de una hoguera moribunda recorta una pequeña silueta en el vano.

- ¿Hola?-resuena clara una voz femenina- ¿Igel? ¿Ahat?

- ¿Azeri, eres tú?- se agita Igel, un jovenzuelo del clan de la Nutria, desde una esquina. El frío le entró en el pecho unas noches atrás y desde entonces respira con dificultad.

Urtxin recuerda a Azeri. Es una ruda muchacha, apenas una niña, del mismo clan que Igel. Parece que hubieran pasado años desde las noches del viaje en las que contaban cuentos. Azeri era la mejor narrando. Después de él mismo, claro.

Una vez liberadas las ataduras, salen al exterior. En el suelo yace muerto un hombre. Urtxin lo reconoce como un joven reservado, de los capataces menos violentos. Pero no siente lástima. A su lado, una joven de aspecto helvatien los mira con el rostro pálido.

- Ésta es Dara. Viene con nosotros a las montañas; –ante las miradas inquisitivas de los hombres, Azeri frunce el ceño - nos está ayudando y se viene conmigo. ¿Sabéis donde tienen las armas?

La helvatien parece despertar y agarra con fuerza un puñal bañado en sangre, que le resbala hasta la mano. Rebusca en el cinturón del muerto y extrae una antorcha, que enciende con los rescoldos. Le dirige a Azeri una palabra y se encamina hacia el bosque. Ésta les hace un gesto de apremio y la sigue, con el resto detrás. A una mujer como Azeri, es mejor no hacerla enfadar, piensa Urtxin.

- ¿Qué ha pasado con el resto de las chicas? ¿Cómo lograste escapar? –Igel corre detrás de la chica. Azeri niega en silencio y corta el chorreo de preguntas. Sin embargo, se vuelve hacia Urtxin.

- Enia te estaba buscando. Nos encontraremos con ella en la aldea del Roble.

El dolor de sus hombros se aligera, como cuando deposita los cestos cargados de mineral al final de la jornada. Un escalofrío le recuerda que no tendrá que volver a hacerlo.

Se adentran en el escaso bosque que sobrevive alrededor del campamento, en dirección a la hoguera. Ninguno de ellos sabe por qué, pero siempre hay una columna de humo alzándose desde ese lado de la montaña. Cuando, previsiblemente, se encuentran cerca del origen, Dara les indica que paren y esperen allí. Azeri asiente y la joven de pelo dorado desaparece de su campo de visión.

Los ruidos del bosque le inquietan. Quién sabe cuándo pueden volver los helvatien. Quiere preguntar cómo han conseguido deshacerse de ellos, pero entende que no es el momento. Tras los arbustos, capta la voz de Dara hablando con un hombre. Después, un grito y silencio.

Se apresuran a encontrarse con ella y la encuentran triunfante, casi sonriente, junto a un vigía sangrante y agujereado como una red de pesca a sus pies.

El origen del humo es una extraña hoguera semienterrada en el suelo. Anexa se alza una caseta llena de armas hechas con el mineral maldito. Fabricadas a partir del sudor y la sangre de los suyos. Algunas aún están calientes.




Historia y fotos por Elisa Rivero

sábado, 5 de noviembre de 2016

DEMONIO

Cuentan que la montaña esconde un oscuro secreto. Los rescoldos de las hogueras captan entre  murmullos ahogados la historia de un demonio que allí habita, oculto. Reprenden las madres a sus retoños cuando se alejan del poblado: el monstruo te comerá.

Cantan los niños una cantinela, para alejar los malos espíritus del bosque. Versa la letra que las hojas tienen oídos y, cuando el viento las agita, susurran su historia al dios del monte.
Dicen los valientes que han visitado la montaña que, a veces, camina a su lado, etérea y leve, un hada: no hay que dejarse engañar, pues se trata de una antigua diosa caída, enfurecida con los humanos.
Los pastores narran encontronazos con una criatura diabólica, negra como noche sin luna: mezcla de lobo, cuervo y hombre, que ataca a las ovejas y derrama su sangre sobre la tierra. Porque el monstruo nació entre la sangre de su propia estirpe, cuentan. La dulce hierba de la pradería está maldita, y los rebaños ya no pueden pastar allí. 











Pero yo se la verdad. Es el último de una raza arcaica, una cultura perdida. Su nombre es Dusios.
Por Elisa Rivero Bañuelos

lunes, 15 de agosto de 2016

Esperpento de dioses

El programa de sol a la luz de la luna,
esperpento de dioses
a la faz del cielo pidiendo clemencia
por aquél que viene a iluminar el alba
y abatir los espectros que aúllan
incluso en la noche clara.
Bienvenido el día a la luz
y se acurruque la oscuridad 
bajo las piernas de un dios inventado
que vino a robarle el aliento a la Antigüedad.


Raquel Alvarado

martes, 28 de junio de 2016

CANTO

Historia de Enia y Alate, continuación de NUDOS



Urtxin, la mina


Urtxin oye un traspié a su espalda y las piedras ruedan por la desvencijada colina. “Bien podría ser yo, montaña abajo. Así, descansaría al fin”. El sol se pone, lejano y frío, entre las copas de los árboles, que ya amarillean. ¿Es el reflejo del sol, o el otoño que avanza, inexorable?. Según descienden, sus ojos empañados por el polvo captan revuelo en el campamento. Los pastores transitan diligentes, como las hormigas en el hormiguero, cargando con fardos entre las cabañas y avisando a sus compañeros. Urtxin se extraña, ya que normalmente son vagos y desordenados.

El capataz les azuza y los esclavos responden, despertando de su letargo, curiosos por enterarse de lo que ocurre en el campamento. Junto a la tienda del jefe cree distinguir a dos mujeres, pero el embate del pastor le obliga a acelerar el paso y baja la vista para no tropezar.

Una vez abajo, el capataz es relevado y varios hombres les empujan dentro del chamizo que hace de dormitorio, comedor y, a veces, incluso baño. Al entrar, Arran se golpea la frente contra una viga y Urtxin capta las lágrimas asomando en sus ojos: apenas es un crío. Los pastores les afianzan las ataduras y, como en las primeras noches que pasaron en la mina, les atan a las vigas laterales. Se preguntan el porqué de tanta seguridad: habían pasado semanas desde el último intento de fuga. Nadie se queja: los que protestaban, ya no están.
La puerta se cierra y las voces se alejan.

- ¿Habéis visto a esas mujeres? –se atreve, por fin, alguien a murmurar. En la creciente oscuridad, reconoce la ajada voz de Hartz.
- Una parecía Ohiandar… -Arran, a su lado, trata de tocarse la cabeza con los brazos atados. Sin embargo, su voz refleja esperanza.- Estoy seguro, era de las nuestras.

El alboroto de los pastores se aleja, disolviéndose cual niebla en la quietud del bosque. Cerca, un cárabo ulula: uu, uú, ú-ú-ú-ú. Y al cabo: ti-uuic. Urtxin se sobresalta y recuerda un cuento.



Azeri, la mina

Aunque el lazo que rodea sus muñecas no aprieta, Azeri se siente inquieta, como un pajarillo entre las manos de un niño, pugnando por alzar el vuelo. Mira a Dara, que permanece estática a su lado, esperando, paciente. No tiene nada que ver con la chica temblorosa que recogió hacía un día. “Un día tan solo…”.

Una brisa gélida, presagio ya no del otoño, sino del crudo invierno, desciende por las montañas y se filtra por las paredes de la cabaña como una serpiente.

Azeri rescata un viejo pasatiempo y comienza a recitar, en voz queda y suave.

“Hubo una vez un cárabo, blanco como la nieve, cuyas blanquísimas plumas, más suaves que los pétalos del edelweiss, surcaban el bosque sin producir ruido alguno. Pero su belleza no era compartida por el resto de cárabos, que en las tibias y rosadas noches de julio silbaban su canción de amor desde los viejos robles. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, cantaba uno; ¡ti-uuic! Traía la brisa, presta, la respuesta de su amada. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, cantaba el cárabo blanco, pero nadie parecía oírle. Sus pardos compañeros se volvían invisibles para él en los tocones de los árboles, e invisible era él para sus oídos.”

Cárabo lapón

Dara la observaba con sus hermosos ojos castaños, embelesada aunque no la entendiera.

“Atormentado, el cárabo níveo salió del bosque, buscando la blancura de la montaña. Alcanzó el circo de la cordillera por la noche, cuando una enorme luna, pálida, emergió entre los riscos. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, la llamó el ave; Uu, uú, ú-ú-ú-ú, uú, ú-ú-ú-ú, reverberó la montaña: y el creyó que fue la luna. Y, aunque en su corazón herido sabía que no era la respuesta adecuada, voló en silencio, arriba, hacia el helado cielo estrellado.

Quisiera la brisa, o tal vez la celosa luna, que el cárabo no oyera una lejana llamada, desde el otro lado de la montaña, que apremiaba: ¡ti-uuic!”

La luz se extinguió finalmente y el bosque se sumió en el silencio inquieto del otoño, quebrado en la lejanía por la berrea del ciervo.

Texto y fotos por Elisa Rivero









jueves, 16 de junio de 2016

NUDOS

Historia de Enia y Alate, continuación de LLUVIA

 

Dara, camino de las montañas


Permanece inmóvil por un instante, tratando de vislumbrar su aspecto reflejado en la orilla del río, pero las gotas que ruedan desde los alisos lo perturban como si cientos de zapateros bailaran sobre la superficie. Dara se lava el barro y el sudor de la cara, agradeciendo el contacto dulce y refrescante del agua. No puede salir bien, se dice. Sin embargo, la idea de salir corriendo, sola, le aterra.


Hace un gesto a Azeri y se apresuran en retomar su camino. Las nubes se deslizan hacia el sur, ligeras tras abandonar su pesada carga, y Dara se pregunta qué habrá al sur, qué habrá al oeste, allá donde se dirige. Cree distinguir a Enia a lo lejos, cruzando el río. O quizá es una nutria.





El bosque, denso y chorreante, se le antoja todo igual. Sabe dónde está la mina: padre le había llevado hacía unos años, cuando la descubrieron. Decía que allí erigiría un altar, entero de bronce, a Gobanno. Ya no podría ser: los dioses de Ötzi eran otros, si es que los tenía.


Por allí cerca, en algún lugar, se alzarían los refugios derruidos del extinto Clan del Jabalí. En su momento, a Dara le había parecido justificado aniquilar a esos salvajes que, de vez en cuando, les robaban las ovejas y realizaban incursiones en su territorio. En aquel momento sólo conocía a un hombre de las montañas, aquel traidor de Urden, un hombre desagradable y falto de dignidad. Ahora se da cuenta de que no todos los Ohiandar eran así y, por un momento, siente repulsión por su pueblo, por sí misma.

Finalmente, parece que Azeri ha encontrado un camino entre la maleza, demasiado grande para ser sendero de animales. Antes de tomarlo, Dara se descuelga del cinturón la cuerda que Enia le había prestado y ata un suave pero aparatoso nudo alrededor de las finas muñecas de la joven. ¿Cómo podía empuñar el arma y cazar con esas manitas? Se pregunta, perpleja. La centelleante mirada azabache de la montañesa, que se revuelve inquieta por estar de nuevo atada, barre todas sus dudas.

El camino, custodiado por altos espinos, se adentra en las montañas.


Enia, al sur del río


Enia se desata el fardo de la cabeza y se escurre las ropas empapadas con hastío. No había tenido tiempo de desvestirse del todo para cruzar el río. Un cormorán que se secaba las alas a escasos metros emprende el vuelo.




Chapotea por el barro de la orilla, asegurándose de marcar bien su rastro, y se apresura a encender un fuego. Su yesca de hongos y el perdernal están bien secos, pero las pocas ramas que consigue apilar humean y crepitan, negándose a arder. Para bien, o para mal. Así, confía, atraerá pronto la atención de los perseguidores.

Le habría gustado ser ella la que fuera a la mina a buscar a los suyos y ver a Urtxin, pero sabe que tiene más probabilidades de escapar que aquella joven del Clan de la Nutria, Azeri. Apenas le calcula 14 años.


Emplea unos minutos en secarse y engullir unas tiras de ciervo ahumado con moras: no tendrá tiempo de comer en lo sucesivo. Unos tímidos rayos de sol asoman entre los chopos y arrancan destellos escarlata de su larga cabellera, que se recoge con un prieto nudo. Los herrerillos y los mitos gorjean entre las ramas. A lo lejos, vuelven a oírse los ladridos. La joven apaga el fuego y reemprende la marcha hacia el sur.


Dara, la mina

- ¿Quién va?- una voz se alza tras un enorme rododendro. Dara da un respingo y se estira las maltratadas ropas. Su aspecto debe ser deprimente.
- Soy Dara, esposa de Ötzi –carraspea, aclarándose la garganta. A sus oídos, su voz suena débil, falta de autoridad.

Del recodo del camino emerge un pastor alto y rubicundo. Dara no le identifica: los hombres del oeste le parecen todos iguales. Sin embargo, él sí la reconoce y baja la larga lanza con un leve gesto de respeto.
- ¿Quién está a cargo?- la joven tira con brusquedad de la soga, con lo que Azeri se acerca agachada, gruñendo.


El pastor le hace un gesto y recorren el camino hasta llegar a un claro. Los árboles han sido cortados, algunos recientemente, y sus tocones, aún sangrantes, ofrecen una visión desoladora. Allí se alza un destartalado campamento, al pie de la cantera. Dara observa con perplejidad como la montaña ha sido devorada, como si una piara de jabalíes gigantes hubiera hozado en la piedra dura. Pero no son jabalíes: una hilera de hombres se acerca, arrastrando sus picos y acarreando canastos llenos de piedras. Azeri respinga al verlos. El sol se esconde ya entre las cumbres de las montañas y deshilachadas nubes de humo ascienden tras el campamento: tienen que proceder del horno.


El pastor les conduce al interior de uno de los chamizos. Trata de retener a Azeri, pero Dara sujeta la soga con firmeza, dedicándole una mirada de reproche. Dentro, un hombre con cabello plateado, ya entrado en años, bebe con placidez de un hermoso cuerno de uro. Al verlos entrar, se sobresalta, derramando un chorro del espeso líquido. Es el tío de Ötzi, pero no consigue recordar su nombre.

- Ah, hermosa Dara-recita mientras trata de ponerse en pie sin tirar el cuerno.- Vuestro enlace ha debido ser ya, felicidades ¿qué te trae por aquí? ¿Cómo es que no estás con mi sobrino?
- Sí, tío –miente.- Fuerzas mayores me alejan de mi esposo, por quien temo. Los salvajes atacaron el pueblo por la noche, liberando a las esclavas, y se está librando una batalla sangrienta allí abajo –Dara recuerda los acontecimientos reales y las lágrimas de agolpan de nuevo en sus ojos. Se le quiebra la voz- Mataron a mi padre. Ötzi me puso a salvo y me envió a buscar ayuda: necesitaba a todos sus hombres.
- Es terrible. Siento lo de Goban, era un gran hombre-murmura con desinterés. -¡Olen, llama a los chicos! Atad a los salvajes y encerradlos en la cabaña. Tú y Tane, quedaros a vigilarlos; el resto, al pueblo conmigo- el viejo exhala un profundo suspiro, como en un intento de despejar su cabeza embotada, y se levanta resolutivo.- ¿Y esa perra qué hace aquí?-escupe, mirando con desprecio a Azerí.
- Es mi esclava. Pertenecía a mi padre.
- Guárdate de esos salvajes traidores –el hombre se viste su parca de lana y recoge una espada de bronce y el zurrón.- Te quedarás aquí, estarás más segura. Además, nos retrasarías…-masculla más para sí mismo, mientras se aleja a toda prisa. Fuera, se oye el murmullo de los hombres: quejas, preguntas y exclamaciones.

Dara y Azeri se asoman para presenciar cómo los pastores azuzan a los esclavos Ohiandar, como si de perros sarnosos se tratara. La luz decae y, por detrás del griterío, se distingue la llamada puntual del cuco: cu-cu, cu-cu.



Texto y fotos por Elisa Rivero


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