lunes, 27 de marzo de 2017

ROBLE

Historia de Enia y Alate, continuación de CALOR
Enia, camino del campamento base del Clan del Roble

Al aproximarse el anochecer, Enia se topa con un arroyo y decide que ya es hora de dar la vuelta y dirigirse hacia el norte. Cuando los helvatien topen con el final del rastro en el agua fría del torrente, no podrán recuperarlo con facilidad. Y, en caso de que lo lograran, ella ya se encontraría a salvo en la aldea del Roble. Pero… ¿Dónde se escondía?

El asentamiento de invierno del clan Harix era famoso por su aislamiento, tanto físico como cultural, del resto de clanes de las montañas. El campamento, cuentan,  se encuentra disperso en lo más profundo de un bosque de robles milenarios, y parte de las viviendas están construidas sobre sus ramas. En el pasado apenas acudían a las reuniones y festividades, aunque esto había cambiado en los últimos tiempos: una nueva generación de jóvenes, hastiados del hermetismo del pueblo, abrió las fronteras.


Sin embargo, la luz se escapa tras las montañas y Enia no consigue encontrar ningún rastro claro que le indique hacia donde seguir. El pulso se le agita ante la idea de haber pasado de largo el campamento, y acelera su paso. Una raíz se enreda en su bota derecha y cae al suelo, raspándose las palmas de las manos. Permanece allí varios segundos, tratando de oír los ladridos de los perros y las llamadas de los hombres, pero no capta nada. Un movimiento furtivo llama su atención a escasos metros: una ardilla rebusca entre las ásperas hojas del lecho del bosque. Sus ojitos brillantes se posan en Enia por un momento, agita la cola y se gira. El cansancio y el hambre tiran de sus piernas hacia abajo, hacia las hojas: ojalá fuera una un erizo. Pero el miedo le insufla fuerza, se levanta trabajosamente y persigue a la ardilla a través de la atmósfera húmeda y oscura del bosque.

Enia recuerda el cuento preferido de Urtxin: “es sobre el origen del clan del Roble” recita siempre antes de empezar, con una curiosa mezcla de solemnidad y risa en su boca. “Hace muchos… ¡No muchos! ¡Muchísimos veranos, tantos como palmos se alza la gran montaña sobre el río! Recorrió estas tierras una ardilla harto peculiar. Su familia procedía de los templados bosques del sur, donde el sol madura las bellotas y calienta la tierra. Aquí, las agujas de los abetos se le clavaban en las patas, y los rancios piñones apenas hacían crecer su rojizo pelaje para soportar las heladas del invierno. Su pequeño corazón se oscureció como las noches invernales, en las que, más que soñar, anhelaba el calor del sol y el sabor de la bellota. Sus risueñas compañeras agitaban jactanciosas las espesas colas al verla pasar y se reían de la ardilla y sus bellotas.
 Entonces, un largo invierno, la afligida ardilla se encaminó al sur, jurando volver. Esa primavera, en contra de todo pronóstico por parte de sus congéneres, la peculiar ardilla reapareció triunfal con una bellota seca, antes de desplomarse y expirar. Las ardillas, conmovidas, enterraron la semilla allí donde muriera su portadora, sobre un promontorio rocoso en lo más profundo del bosque y, pasados los meses, una débil plántula se abrió paso entre la piedra. Pasaron raudos los inviernos y los veranos, así como pasó la historia de la intrépida ardilla de boca en boca, y el roble, raquítico, apenas conseguía alzarse del manto del bosque en busca de un rayo de sol, pues los altos abetos la asfixiaban.
Una calurosa tarde estival, un humo negro y espeso anunció la tragedia que estaba por llegar: un demonio rojo y palpitante, de mil lenguas, devoraba el bosque. Las ardillas y los pájaros no lo conocían: era el fuego. Los abetos crepitaban y se derrumbaban unos sobre otros; las criaturas corrían despavoridas, tratando de salvar la vida. Las ardillas se sitiaron en el promontorio, donde el débil roble se alzaba testarudo sobre la roca. Las llamas no pudieron saltar la fría piedra para alcanzarlo y, cuando la lluvia salvadora, enviada por la diosa, apagó el enorme incendio, tan solo el roble, enclenque, se alzaba en el antiguo bosque, plagado ahora de los  esqueletos negruzcos de los abetos.
Pudiendo al fin captar la luz, el árbol se estiró y creció frondoso, cubriendo el suelo calcinado y fértil de gruesas bellotas, que las ardillas plantaron por todo el territorio, agradecidas.
Allí se alza aún el testarudo roble, recuerdo de una ardilla muy peculiar, padre de todo el bosque que lo rodea y hogar del Clan Harix.”



Una tímida sonrisa que, en la oscuridad, sólo puede ver el cárabo, emerge en la boca de Enia mientras sigue a la ardilla a través del bosque. De pronto, el suelo cruje bajo sus pasos.  La luna le ilumina entre las ramas desnudas. Ha dejado atrás el mullido suelo de acículas y ahora pisa una hojarasca de mil colores: hojas de roble.




Por Elisa Rivero Bañuelos