miércoles, 16 de noviembre de 2016

CALOR

Historia de Enia y Alate, continuación de CANTO

Dara, la Mina

Su corazón palpita tan fuerte que parece ensordecer los ruidos nocturnos y por un momento teme que las revele. Pero todo es quietud. El campamento ha quedado desierto, a excepción de los dos hombres que se han quedado a cargo y los propios prisioneros. Ha pasado un rato desde que Tane se fuera a alimentar el fuego de la fragua. Dara se endereza y desata la cuerda floja que simulaba atar a Azeri. Ésta exhala un suspiro, aliviada.
Dara trata de colocarse la cabellera pajiza mientras dedica un gesto firme a la montañesa, indicándole que permanezca en el chamizo. Pero al agarrar el mango del cuchillo, oculto entre las ropas, su mano asemeja una mariposa en pleno vendaval: se apresura a ocultarlo.

La oscuridad de la noche se extiende espesa entre las cabañas, evita los rescoldos y se parapeta allá en el bosque, impenetrable. El tal Olen, un pastor joven pero enorme, se entretiene quemando ramitas junto a la prisión de los Ohiandar. Las llamas arrancan rasgos monstruosos de su cara rubicunda. Sin embargo, cuando alza la vista para recibirla, Dara sólo ve a un chico aburrido y solo. Un escalofrío le recorre la columna y se queda parada, mirándole.

- Vaya noche más fría. Me sentiría honrado si compartieras mi fuego.

Reacciona y se acerca con paso vacilante. Se acuclilla junto a él, muy cerca, y agradece el calor de la hoguera. De entre las toscas tablas que conforman la cabaña de los esclavos le llega un ligero murmullo. Se inclina aún más sobre Olen y tartamudea entre susurros.

- ¿Ahí están los prisioneros? ¿No podrían escaparse? ¿Atacarnos?

El joven pastor se encoje azorado, pero un rápido vistazo a la desolación que los rodea le encorajina.
- ¿Estos? –se yergue, golpeando la portezuela- son unos cobardes. Están domesticados. Y si no, saben perfectamente lo que les espera. Nadie puede hacerte daño estando yo de guardia.

Dara ya puede oler el aliento a oveja que exhala el pastor, pero su atención se centra en dirigir la mano, torpe, en busca del cuchillo. La duda y el miedo la sacuden por dentro. Entonces ve su reflejo titubeante en los asombrados ojos de Olen, y las siguientes escenas se agolpan raudas a escasos centímetros de su rostro.
El joven se abalanza sobre ella y la enorme mano aprisiona su muñeca con fuerza, de forma que suelta el cuchillo, que cae al suelo; la otra se cierra sobre su garganta y el dolor le impide oír los gritos de Olen, cuya expresión muda de la sorpresa a la ferocidad y, de ahí, al completo desconcierto, sin que Dara pueda parpadear. Un pequeño proyectil cruza su escasa línea de visión, golpea en la cabeza al vigía y las manazas ceden, permitiéndole tomar una bocanada, antes de que el enorme cuerpo trastabille. Unos instantes de aturdimiento permiten a Dara zafarse de su abrazo, mientras una silueta se desliza entre el fuego y ella y golpea como un rayo de nuevo.

Los sonidos vuelven a fluir junto con el aire y Dara capta el quejido moribundo de Olen entre los gritos de los cautivos. Estira la enorme mano, quizá tratando de asirse a la vida, que se escapa con el viento helado hacia la espesura del bosque. Azeri jadea a su lado y retira del cuello, inerte, el puñal: una vez más, ensangrentado y brillante. Corta las cuerdas que afianzan el postigo de la prisión y se lo devuelve a Dara. En su lugar, toma la piedra que le sirviera como proyectil para aturdir al pastor y desatranca la puerta.


La joven permanece temblando en el suelo, junto a la hoguera y el cadáver: ambos desprenden aún calor. 


 Urtxin, la Mina

Tras la conversación en el gangoso e inteligible idioma helvatien y los gritos, reinó el silencio. Urtxin puede mascar la ansiedad en el aire frío de la cabaña. Casi nota girar sus orejas como las de una liebre al captar movimiento en la puerta. Unas cuerdas se rasgan y el postigo se suelta con un golpe seco. La débil luz de una hoguera moribunda recorta una pequeña silueta en el vano.

- ¿Hola?-resuena clara una voz femenina- ¿Igel? ¿Ahat?

- ¿Azeri, eres tú?- se agita Igel, un jovenzuelo del clan de la Nutria, desde una esquina. El frío le entró en el pecho unas noches atrás y desde entonces respira con dificultad.

Urtxin recuerda a Azeri. Es una ruda muchacha, apenas una niña, del mismo clan que Igel. Parece que hubieran pasado años desde las noches del viaje en las que contaban cuentos. Azeri era la mejor narrando. Después de él mismo, claro.

Una vez liberadas las ataduras, salen al exterior. En el suelo yace muerto un hombre. Urtxin lo reconoce como un joven reservado, de los capataces menos violentos. Pero no siente lástima. A su lado, una joven de aspecto helvatien los mira con el rostro pálido.

- Ésta es Dara. Viene con nosotros a las montañas; –ante las miradas inquisitivas de los hombres, Azeri frunce el ceño - nos está ayudando y se viene conmigo. ¿Sabéis donde tienen las armas?

La helvatien parece despertar y agarra con fuerza un puñal bañado en sangre, que le resbala hasta la mano. Rebusca en el cinturón del muerto y extrae una antorcha, que enciende con los rescoldos. Le dirige a Azeri una palabra y se encamina hacia el bosque. Ésta les hace un gesto de apremio y la sigue, con el resto detrás. A una mujer como Azeri, es mejor no hacerla enfadar, piensa Urtxin.

- ¿Qué ha pasado con el resto de las chicas? ¿Cómo lograste escapar? –Igel corre detrás de la chica. Azeri niega en silencio y corta el chorreo de preguntas. Sin embargo, se vuelve hacia Urtxin.

- Enia te estaba buscando. Nos encontraremos con ella en la aldea del Roble.

El dolor de sus hombros se aligera, como cuando deposita los cestos cargados de mineral al final de la jornada. Un escalofrío le recuerda que no tendrá que volver a hacerlo.

Se adentran en el escaso bosque que sobrevive alrededor del campamento, en dirección a la hoguera. Ninguno de ellos sabe por qué, pero siempre hay una columna de humo alzándose desde ese lado de la montaña. Cuando, previsiblemente, se encuentran cerca del origen, Dara les indica que paren y esperen allí. Azeri asiente y la joven de pelo dorado desaparece de su campo de visión.

Los ruidos del bosque le inquietan. Quién sabe cuándo pueden volver los helvatien. Quiere preguntar cómo han conseguido deshacerse de ellos, pero entende que no es el momento. Tras los arbustos, capta la voz de Dara hablando con un hombre. Después, un grito y silencio.

Se apresuran a encontrarse con ella y la encuentran triunfante, casi sonriente, junto a un vigía sangrante y agujereado como una red de pesca a sus pies.

El origen del humo es una extraña hoguera semienterrada en el suelo. Anexa se alza una caseta llena de armas hechas con el mineral maldito. Fabricadas a partir del sudor y la sangre de los suyos. Algunas aún están calientes.




Historia y fotos por Elisa Rivero