Mostrando entradas con la etiqueta Enia y Alate. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enia y Alate. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de mayo de 2016

MUSGO

Historia de Enia y Alate, continuación de FILO

Enia, camino del este
Han pasado dos jornadas desde que Enia dejara el valle. El primer viento de la mañana vino del ala del zorzal, que cantaba noticias inquietantes del este. Su compañero, el río, ha pasado ya la infancia retozona de saltar entre las peñas y ahora excava y deposita; excava y deposita: trabajador, sinuoso.

A media mañana, la joven se encarama a una enorme roca que emerge del bosque, permitiéndole observar el paraje que le espera delante. Por un momento, Enia deja de ser la cazadora Ohiandar y vuelve a tener diez años. Reconoce el paisaje de la tierra natal que abandonó, vuelve a oler el humo del fuego y casi puede tocar la suave piel de Alate. Y, sin embargo, sabe que no es esa tierra. Su tierra estaba al sur de las montañas: ésta, al este.

El macizo se suaviza y las formas se aplanan hacia el horizonte, permitiéndole ver lugares lejanos, montañas distintas. ¿Quién vivirá allí? ¿Habrá otra persona preguntándose lo mismo, tratando de penetrar la neblina? Se pregunta Enia mientras, distraída, acaricia el musgo seco de la piedra. Pero lo que ella busca está más cerca. Junto al río perezoso y panzudo, como una serpiente que acabara de comer, se extienden los campos de cultivo de los Helvatien. Allí debían estar Urtxin y los demás.
Esos son sus pensamientos mientras desciende de la vetusta roca y se interna de nuevo en el bosque, hacia el este, hacia abajo.
A menos de un kilómetro de allí, hacia el norte, Urtxin desgarra la piel de la montaña con su pico. Cada golpe apenas araña la tierra, pero sus huesos y su conciencia retumban.



Azeri, oeste del poblado Helvatien


Las dos jóvenes avanzan con lentitud entre los arbustos de la ribera, arañándose la piel y golpeándose con troncos y piedras. Dara, especialmente torpe, se tropieza y cae una y otra vez, hasta que Azeri decide parar. Apenas pueden ver en la oscuridad y, aunque el cielo está despejado, la frondosidad de la alameda impide que se filtre la luz de las estrellas.

Dara se estremece en un llanto quedo, interminable y monótono. Azeri no puede distinguir sus heridas, pero nota la sangre viscosa enfriándose en su brazo, que no suelta. Sabe que no llora por los golpes.

Se refugian tras una roca, en la orilla del río. Azeri recoge algo de musgo y las hojas secas que ya desechan los árboles y se ovilla junto a la chica, como dos visones en su cubil. No puede permitirse hacer fuego y, aunque pudiera, no tiene su yesquero.

Los remordimientos la carcomen mientras trata de permanecer alerta a todos los ruidos del bosque. La brisa estremece las hojas de los chopos, que se balancean con placidez. No pudo liberar a ninguna de las esclavas, sus compañeras de viaje -algunas, compañeras de Clan de la Nutria-. A la hora del duelo estaban ya encerradas en sus cabañas, todas próximas al gentío y a los pastores. Mira a Dara y quiere odiarla. <<Si no hubiera sido por ella...>>. Pero sabe que no es verdad.

Siente los murciélagos de ribera cortar el aire, raudos, sobre su cabeza. A lo lejos, ulula un cárabo. Un ruido entre los salcillos le sobresalta: al poco, se oye un chapuzón sigiloso y Azeri sabe que es la nutria. Siente el impulso de sumergirse en las aguas oscuras y alejarse del mundo con ella. Dara duerme.

La melodía de la ribera las acuna mientras el nuevo día se despereza. Un ladrido lejano rompe el hechizo y las dos chicas se tensan. Azeri mira a Dara y descubre el terror en sus hermosos ojos dorados.

*En la foto hay una nutria con su cría, pero no se distingue bien

Texto y foto por Elisa Rivero Bañuelos

Capítulo siguiente: LLUVIA


viernes, 11 de septiembre de 2015

UN POCO DE HISTORIA (ENIA Y ALATE)

El contexto histórico –o, más acertadamente, prehistórico- de la historia de Enia y Alate se podría situar en la zona de los Alpes o Helvetia, entre los años 5.000 y 3.000 a.C. Se corresponde con una época de cambios, en la que las últimas sociedades de cazadores-recolectores de Europa, atrincheradas en las montañas y las zonas frías, eran sustituidas por las tribus protoindoeuropeas, expansores de la agricultura y la ganadería.

Se entiende que la climatología y accidentalidad del terreno pudieron suponer una barrera para el desarrollo de la agricultura en el área alpina, si bien la ganadería y la domesticación se podrían haber ido incorporando. En la ficción, omito la existencia de perros, que ya estarían perfectamente domesticados e integrados en la sociedad preindoeuropea, al igual que las cabras. En el relato se muestra a estos cazadores prácticamente como si nos remontáramos al “hombre de las cavernas” del paleolítico, por comodidad.

Como nos cuenta un reciente estudio, estas gentes podrían tener la piel oscura y los ojos azules, una combinación ya inexistente.

Por el contrario, las tribus protoindoeuropeas, nos cuenta otro estudio, tendrían una piel clara y unos ojos oscuros. Estos pobladores recientes se hallan en estado de expansión progresiva –no nos imaginemos éxodos ni invasiones- e incluso absorción y fusión con las poblaciones locales indígenas –como ejempliza la madre de Enia-. Cultivan el cereal –pongamos que variedades antiguas de trigo, o la cebada- lo muelen, humedecen y tuestan en forma de torta ácima, ya que el proceso de fermentación y cocción del pan es más tardío. No conocen la rotación de cultivos, el barbecho ni probablemente el abonado, por lo que la tierra pierde su fertilidad y requieren más suelos para cultivar. Además, la agricultura, generando por primera vez un excedente, produjo una explosión demográfica que contribuyó a la expansión de estas sociedades. Esto les llevó a talar y quemar grandes extensiones de bosque para dejar paso a sus cultivos.

Más tarde o, mejor dicho, progresivamente, irían llegando nuevas oleadas de los indoeuropeos propiamente dichos.

Aunque, gracias a estudios recientes, el origen y sucesión de las distintas migraciones se está esclareciendo, el idioma que hablaran los diferentes pueblos constituye una incógnita, aunque existen ciertas aproximaciones y vestigios. De las lenguas preindoeuropeas, sólo nos llegan hidrónimos, vestigios de algunas lenguas como el etrusco, y el euskera –aunque actualmente existe gran debate-. Qué se hablaba en los Alpes por aquella época, es un misterio: ¿alguna variante del etrusco? ¿Existía ya el protoeuskera y se extendía hasta tan lejos? Por desgracia y a falta de respuestas, me he permitido la licencia de incorporar vocablos “euskerizados” al relato para referirme a nombres o clanes de los cazadores. Algunos ejemplos: Urtxin vendría de urtxintxa (ardilla), Urden de basurde (jabalí), Harix de Haritz (roble), Aztie de azti (hechicero, brujo), oihandarde oihan (bosque).

Por otro lado, tampoco resulta sencillo saber qué idioma hablarían los primeros agricultores, es decir, la familia de Enia. Se estima que existiría un idioma protoindoeuropeo que poco a poco se iría desglosando en dialectos zonales y finalmente dando lugar a numerosas lenguas, muchas de ellas hoy extintas, pero de la que proceden casi todas las lenguas actuales europeas –salvo el euskera, el finés, el húngaro…-. En la ficción, me he permitido otra licencia: utilizar reconstrucciones del idioma galo, una de las lenguas indoeuropeas muertas mejor conocida hoy en día. El galo se hablaba en la Galia y la región helvética (Alpes) antes de la imposición del latín por el imperio romano. Sin embargo, los testimonios escritos más antiguos de esta lengua se remontan tan sólo al siglo III a.C. Por lo tanto, situarlo hace 5000 años supone, por supuesto, una tremenda osadía.

Gran parte de este relato se inspira en la música y las letras de Eluveitie, un grupo de celtic-metal Suizo que se encarga de preservar y dar vida al galo. Así, el nombre de Alate se ha escogido de la canción “Omnos” (ver letra traducida aquí), y procede de la frase “cu allate”, que personalmente entiendo como “lobo salvaje” –con serias dudas sobre si allate realmente significa salvaje en galo-.

La religión supone otra gran incógnita: las poblaciones paleolíticas de cazadores-recolectores bien podrían adorar a multitud de dioses, puede que encarnados en forma de animales o plantas totémicos –que representaran a cada clan, como en el relato-. En general predomina la teoría -como defiende Marija Gimbutas- de que las poblaciones preindoeuropeas e incluso protoindoeuropeas adoraban a la diosa madre naturaleza, en una sociedad en la que el hombre y la mujer ocuparían el mismo lugar: una gylania -gy de mujer y an de andros, hombre-. Las tallas de Venus encontradas por toda Europa serían una prueba de este culto a la feminidad. Autores vascos también apoyan esta teoría, que en Euskadi “se conserva” con el culto a Mari. Con las posteriores “invasiones” indoeuropeas vendrían, en algún momento, el patriarcado y las religiones politeístas marcadamente masculinas –como ocurriera en Grecia con la imposición de Zeus sobre Hera-. Pero de esto nos puede explicar más, algún día, nuestra escritora Raquel.

En referencia al contexto biogeográfico, la historia se desarrolla cerca del tramo alto del Ródano, próximo a Ginebra (Suiza), en los Alpes. La fauna y la flora descritas se corresponderían con las especies actuales que allí habitan, las mismas que hace 5000 años, ya que el clima sería prácticamente el mismo –aunque obviamente la abundancia y distribución han cambiado, algunas se han extinto y otras introducido-.

Finalmente quisiera pedir disculpas a los historiadores y filólogos más puntillosos: lo que empezó siendo cuatro renglones improvisados escuchando Eluveitie (ver entrada “Te siento”) se está convirtiendo en un relato hecho y derecho debido a los plazos de los “editores” ;), lo que me obliga a aplicarle una investigación tardía y un contexto poco realista.

Pero, oigan, ¿por qué habría de ser coherente un cuento en el que los lobos hablan y juegan con las niñas?


viernes, 28 de agosto de 2015

VALLE

El sol cada vez se oculta antes entre las montañas y el calor aprieta. Se acumula durante el día en el fondo del valle y apenas asciende y se dispersa por las noches, aunque las intensas jornadas se hacen más llevaderas en el río, que  atesora el hálito helado de las montañas. Desde el valle no alcanza a verlo, pero Enia sabe que la nieve se atrinchera en las cumbres. Lo que sí se deja intuir en la lejanía son los incendios. El viento cálido del sur los alimenta.

Enia sigue la pista a un corzo. Prácticamente no deja huellas, pues no ha llovido desde la tormenta, pero la vegetación tampoco llega a estar lo suficientemente seca como para quebrarse visiblemente ante el paso del pequeño cérvido, por lo que el rastreo es arduo. Se ha alejado bastante del campamento y asciende por la ladera de una montaña cubierta de ericas, dejando atrás la arboleda. Enia alza la vista, dubitativa. No quiere romper el pacto: es tierra de lobos, y aquí no se puede cazar. Cuando está a punto de darse la vuelta, observa por el rabillo del ojo como el corzo emerge tras un rododendro y brinca desenfrenado hasta alcanzar la seguridad del bosque de pinos. ¿Qué lo ha asustado? La chica toma la sabiduría del animal y se agazapa tras un arbusto. Sólo las puntas de sus astas se elevan, como pequeñas ramitas, sobre las agujas del tejo rastrero; la mujer aún no es totalmente consciente de su cornamenta.

A lo lejos, en el linde del bosque, dos hombres se acercan con paso cansado. Enia los escudriña desde su escondite. Parece que los hombres han decidido internarse en la espesura, quizá buscando protección, y pasan muy cerca de ella. Todos los temores se desvanecen cuando identifica a uno de ellos como Urtxin, un joven del clan Harix.
- Bienvenido a este valle, Urtxin.
El joven se sobresalta y, en un acto reflejo, la apunta con su lanza.

 “Bienvenida a este valle”. La primera vez que escuchó esas palabras, no pudo entenderlas

 Alate y Enia se habían quedado solos, como dos estrellas titilantes que asoman en una noche nublada. La ruina del bosque los asfixiaba y, a la vez, los dejaba desamparados, sin refugio ni comida. No obstante, la niña no tardó en encontrar la semejanza entre una chuleta de cabrito a la brasa y un pájaro carpintero calcinado. Alate se mostró más reticente, pero terminó por ceder. No parecía haber nada vivo para cazar por los alrededores y, aunque no quisiera admitirlo delante de la chica, sus dotes de cazador aún dejaban mucho que desear. Sus padres apenas habían permitido que él y sus hermanos campearan, por lo que sus logros se reducían a persecuciones truncadas de ardillas y alguna que otra musaraña indigesta. Al pensar en su familia, algo se rompió dentro de él. Encima de una lúgubre colina, alzó un grito al cielo llamándolos, aún sin terminar de comprender que jamás obtendría respuesta. Enia se acercó y le rodeó con los brazos, hundiendo su pálido rostro en el pelo negro como la pez. Esta escena se repetiría noche tras noche, durante largas lunas.

Cuando la pareja alcanzó el valle, recogido entre las vetustas montañas, Enia se maravilló. Jamás había visto tal exhuberancia, tanto animal como vegetal. El enorme río que Enia habría avistado en su tierra, si hubiera podido crecer y viajar allí, se encogía, roía las montañas y se encaramaba en un sinfín de torrentes bulliciosos, cebados por las primeras lluvias otoñales. En sus aguas límpidas buceaban la nutria y el desmán, danzaba la garza y enrojecía el salmón. Sobre sus húmedas orillas se inclinaban los sauces, fresnos y mimbreras, cargados de camachuelos gorjeantes.

Más allá se extendía el opíparo bosque caduco. Bajo las hayas, vestidas de vivos colores, protegían sus frutos con duras espinas el  endrino, la zarzamora y el grosello. En las lindes de la montaña se alzaban vastos y oscuros pinares, cubriendo el suelo con un espeso manto de acículas olorosas y piñas secas. Allí ofrecía su actuación el henchido urogallo.

Pero Alate siempre pugnaba por ascender a las titánicas montañas, atravesando suaves praderías de un verde rabioso, donde Enia recogía la delicada flor del edelweiss y las marmotas se tendían al débil sol otoñal. Finalmente, el sentido común de Enia los arrastraba de nuevo a la seguridad del bosque, lejos de la sombra colosal de la montaña.

Llamaba cada noche Alate a su familia, aunque con cada ocaso se aligeraba el peso de su corazón, y la llamada era menos lastimera, más monótona. Los días empapados de moras y perfumados de flores junto a Enia eran el mejor bálsamo. Ambos intentaban rechazar los temores y pensar que aquello sería eterno. Pero las hojas del haya ya teñían de escarlata la tierra, y la blanquísima corona de las montañas crecía en las alturas. Seguían avanzando.

Una noche gélida, susurraba Alate su triste melodía a la oronda luna, sin esperar respuesta, cuando ésta llegó. Enia, acurrucada a su lado, se estremeció de terror y le apretó.
- ¿Qué ha sido eso? Deberíamos escondernos.
- ¡Son una familia! –exclamaba entre jubilosos saltos el joven- ¡deberíamos buscarlos!
- ¡No! Suena aterrador, podrían hacernos daño –los hermosos ojos de Enia se oscurecieron.
Alate no entendía nada. Por fin podrían formar una verdadera familia, cazar y protegerse del frío, jugar con otros chicos… Pero el terror reflejado en el rostro de Enia y sus súplicas terminaron por arrastrar a ambos lejos de sus esperanzas.

Las llamadas resonaban cada noche, variopintas y fluctuantes, mientras Alate contenía el grito en su pecho y ambos descendían al valle. Se le escapaba qué podía buscar Enia allí.

Hasta que un día avistaron el humo. Previamente lo había olido Alate, que tenía mucho mejor olfato. Ambos se turbaron recordando el temible incendio, pero pronto Enia se emocionó al reconocer el ondulante ascender del humo de las hogueras. ¿Cómo podía estar tan tranquila, sentirse atraída por esas inquietantes lenguas de fuego?

Pero la voluntad de la niña era inquebrantable, y lo arrastró en su periplo en busca del humo. Sin embargo, alguien les encontró antes. Puede que el punzante olor del fuego, ya cercano, tapara el rastro de los perseguidores;  puede que Alate estuviera simplemente distraído y taciturno. De pronto, se vieron rodeados por varios Grnania, que se descolgaban silenciosamente de los árboles. Con sorprendente agilidad, uno se acercó a Enia y la alzó en volandas, sacándola fuera del círculo.

Alate gritó y se abalanzó en auxilio de la niña, que se revolvía en brazos de su captor, cuando dos fornidos Grnania se interpusieron, azuzándole con unas terribles y largas garras afiladas, mientras gritaban. Hubo unos interminables segundos en los que los aterrados ojos de Alate danzaban entre los Grnania y Enia. El captor la depositó con delicadeza en el suelo y la rodeó con los brazos en posición defensiva. Al igual que cuando halló a su familia masacrada, algo reventó en su interior. Era odio. Odio hacia los Grnania, odio hacia Enia. Porque ahora sabía que ella no era como él.

“Ietori arane”, esas fueron las palabras que Enia escuchó antes de que los hombres del bosque persiguieron a Alate hasta que se perdió de vista, arriba en las montañas. Un desgarrador alarido resonó en todo el valle. ¿Por qué habían echado esos hombres a Alate?

Por Elisa R. Bañuelos



viernes, 31 de julio de 2015

LEJOS


Largos y pesados goterones se deslizan sobre su piel. Otros tamborilean sonoramente contra las hojas de un tilo. El calor estival y los vapores del incendio se disipan y la tierra se abre y bulle agradecida bajo la tormenta. Sus compañeros están inquietos por los truenos, pero Alate sonríe: el fuego era, indudablemente, terrible, pero todo tiene su lado bueno. Duda, pero finalmente plantea a los demás sus pensamientos.
- Puede que vosotros no estéis acostumbrados a los incendios, pero yo ya he vivido esto. No son accidentales. Los Grnania que hacen crecer las plantas han hecho esto.
Los demás se agitan e increpan desordenadamente. Alate se hace oír entre la multitud.
- Pero algo bueno podemos sacar. El fuego ha matado a muchos animales: la mayoría estarán carbonizados, pero algunos pueden haber muerto por asfixia. Es hora de cenar.

En el tétrico cadáver del bosque, el grupo se desalienta. La comida es abundante, pero la devastación se extiende hasta donde abarca la vista, tiñendo de negro las faldas de las colinas y el fondo del valle, hacia el sur. Alate suspira. Al darse media vuelta, se pincha con las espinas supervivientes de un brezo y se apoya sobre una informe masa carbonizada.

Tras el festín, jóvenes y viejos elogian a Alate e intentan pasar tiempo con él. No le gusta. Aún así, los ánimos se han relajado, y todo el mundo parece haber olvidado el terror del incendio. Alate se pregunta si realmente fueron los Grnania de las plantas los que saltaron la chispa. Indudablemente, los Grnania del bosque u Ohiandar también dominaban el fuego. Pero pronto desecha la idea: no eran tan tontos como para quemar su propio bosque. Otra oscura razón confirma su teoría, pero él nunca lo admitiría, ni siquiera ante sí mismo.


- ¿Por qué has salido a cazar con este desastre en ciernes, joven?- el Aztie parece molesto, aunque conserva su permanente gesto de estoicidad.- Has echado a perder medio ciervo.
- Discúlpame, Aztie. Subestimé el alcance del fuego- Enia se abochorna. La parihuela no había soportado el peso excesivo del ciervo en su carrera a través del bosque y, finalmente, se había visto obligada a conservar sólo las extremidades y dejar el resto al fuego.
- Te has sobrestimado a ti misma –replica él severamente-. Eres una buena cazadora, pero te arriesgas mucho. Deberías pasar más tiempo en el campamento y, quizá, buscar un compañero – el rostro del viejo se ablanda casi imperceptiblemente, y la invita a sentarse junto a él.

Aztie es el título de chamán o líder espiritual de los Ohiandar. El viejo había sido un prestigioso cazador en su juventud, pero un enfrentamiento con un jabalí había dejado inútil su pierna. Desde entonces, había dedicado su brío a guiar a la comunidad y perpetuar la paz. En realidad, no se había preocupado por la pequeña niña huérfana hasta que ésta creció y demostró sus dotes de caza. Pero fueron otras cualidades las que finalmente le hicieron frecuentar la compañía de la joven.

-¿Qué crees que ha originado este incendio?- pregunta, con la miraba fija en su regazo, donde teje una trenza con ramas de zarzamora.
- Supongo que han sido ellos- murmura Enia. No quiere hablar del tema, no le gusta elucubrar, pero sabe que es la única que puede aconsejar a Aztie y éste ansía su conocimiento.
- Por lo poco que me has contado, entiendo que no es la primera vez que incendian el bosque, ¿me equivoco?
- No –Enia suelta aire y se resigna. Alza la vista al remanso de agua que se abre frente a ellos, donde los hombres y las mujeres pescan y remiendan las redes: este año, el río estaba siendo generoso.- No puedo asegurar que hayan sido ellos. No sé hasta qué punto lo hacen, ni tampoco el porqué. Sé que necesitan mucho espacio para hacer crecer sus plantas y prados para que pasten sus ovejas; el bosque les molesta.
- ¿Por eso quemaron el bosque cuando te perdiste?- el viejo cesa su labor y fija los serenos ojos verdes en Enia, inquisitivos.
- No me perdí. Huí. Ellos me persiguieron. Ahora intuyo que mis padres estaban muertos y quizá pensaron que yo los maté, que yo era…-Enia traga saliva y busca las palabras adecuadas- druis. Como una chamana.
- ¿Chamana? Eras sólo una niña, y ¿por qué iban a pensar que mataste a tus padres?
- Mi madre no era de allí. Provenía de una tribu del bosque. Pasaba mucho tiempo en casa y en los lindes, poniendo trampas para animales, en vez de estar con las otras mujeres. Supongo que eso los inquietaba, aunque yo era muy pequeña y no entendía todo aquello. Alguna vez la culparon por desgracias acontecidas, sobre todo ataques por animales. La única pertenencia que conservaba de su antigua vida era un collar de garras de glotón. Ellos consideraban al bosque y todos los animales que de él procedían como una amenaza, un tabú.
- Puede que tu madre viniera de la tribu del valle Tuo- reflexiona Aztie-. Sus gentes presentan sus respetos al glotón. Estuve allí comerciando en mi juventud.
- Ya lo había pensado.

Enia  se levanta taciturna y se lava la herida en el río. Al volverse, el rostro de Aztie se torna en una amable sonrisa, lo cuál resulta un acontecimiento. Ha trenzado la zarzamora alrededor de las astas de un corzo, conformando un bonito soporte. Se lo entrega a Enia.

- El espíritu del corzo es el que te debe acompañar. El ciervo es muy grande y testarudo para ti, te ha vencido. Mimetízate, estática, bajo las ramas del roble. Salta ágil por las laderas, como un corzo.

Ella se lo coloca sobre la cabeza, orgullosa y a la vez abochornada. Es un gran honor. El corzo es el tótem del clan y, más especialmente, de la familia de Aztie.

Una joven, que Alate reconoce como  Nane, hija de Alfa, se acerca cabizbaja hacia él. Alate se aparta, pues no termina de entender su actitud: la posición social de Nane era muy superior a la suya, y podría considerarse como una afrenta a su padre el verles solos. Alate ya sospechaba que había caído en desgracia a ojos de Alfa desde su atrevimiento del día anterior, al querer dirigir al grupo. Además, últimamente estaba descollando como cazador, ocupación a la que dedicaba la mayor parte de su tiempo, ya que las actividades sociales le asquean. Incluso después de seis inviernos, no se siente parte del grupo. Su grupo, su familia, están muertos. Perseguidos, acorralados y asesinados. Y todo por haber matado a unas pocas cabras y tres o cuatro Helvatien. En su momento le costó identificar el olor y entender la situación, pero con el tiempo, las dudas se habían disipado: sus padres, probablemente buscándole, habían detectado las cabras de los Helvatien e, impulsados por la hambruna que la falta de caza estaba provocando aquel verano, atacaron. Se habrían encontrado a algunas personas defendiéndolas y las mataron también. Entonces, saltó la alarma en el pueblo y huyeron. Esa era la razón de haber captado un olor familiar mezclado con el humo, el ganado y la sangre.

Una oscura y pesada sospecha, que entonces había enterrado en lo más hondo de su alma, se revuelve en su interior, pugnando por salir.

- ¿Recuerdas aquel pequeño refugio, cubierto de ramas y con forma triangular, a la entrada de la aldea? Ese es mi refugio- declaró Enia con una sonrisa orgullosa, mientras la dispar pareja ascendía por las montañas. Lejos, muy lejos, hacia el norte.

Por Elisa R. Bañuelos



viernes, 17 de julio de 2015

CENIZAS

Los latidos del ciervo resuenan profundos y graves en su cabeza. Enia cierra los ojos y aspira el almizcle: no puede oírlo ni olerlo, pero la presencia del ciervo se solidifica en su mente, entregándose, doblegando su voluntad. Unos movimientos fugaces y, en cuestión de segundos, el animal cae fulminado al suelo, entre los brezales. Enia se acerca, da gracias en silencio al alma del ciervo y extrae la jabalina de sus costillas. En el fondo, siente un ligero resquemor: el ciervo, inquieto por el fuego y la atmósfera cargada de humo, no habría podido ni olerla. No había sido una batalla justa, entre iguales. Con su tosca hacha de pedernal tala unas ramas para improvisar una parihuela que le permita trasladar el ciervo hasta un lugar seguro: si no fuera por el incendio, ya próximo, lo despedazaría allí mismo, llevándolo en tandas al campamento; pero no podía permitir que el fuego lo engullera. Sin embargo, antes de partir, se detiene, abre con esfuerzo el tórax del animal y extrae el corazón, que deposita sobre una mata de brezo. La sangre empapa las delicadas flores blancas.

Alate masca la tensión en el ambiente y decide alejarse: sus compañeros están inquietos y los gruñidos pronto se quedarán cortos. Esa noche tampoco podrán cazar. El espeso y penetrante humo les anula: tapona sus fosas nasales, empaña los ojos. Deja atrás el bosque de piceas y se sorprende de la oscuridad de la noche, a pesar del fuego lejano. La luna ni siquiera se adivina entre las espesas nubes negras, y el aire húmedo comienza a fluir a medida que asciende por la montaña. Alate huele la lluvia.

Aquella noche, grabada a fuego en su memoria, también se anunciaba la lluvia, pero aún habrían de pasar interminables horas antes de que descargara. Cuando aquellas rabiosas criaturas comenzaron a perseguirles, Alate no podía pensar en otra cosa que no fuera alcanzar el bosque. Corrió con el corazón desbocado, huyendo de la jauría, que izaba palos encendidos con gesto amenazante. Pero algo en su conciencia le hizo volverse para comprobar si Enia le seguía. La niña corría desorientada, posiblemente cegada por las luces, y a punto estuvo de tropezar contra una enorme piedra. Alate se detuvo, la llamó y corrió a su lado, guiándola en la creciente oscuridad, lejos de aquellos monstruos.

De alguna forma, con la noche como cómplice y el bosque de guarida, consiguieron confundir a la turba y alcanzar la montaña. Cayeron extenuados bajo un gran abeto y, aún asustados, se escondieron tras su grueso tronco. El frescor de la montaña, a pesar de la estación, pronto dejó sus músculos ateridos, y se arrejuntaron en silencio. El sueño los embargó en una noche tan oscura como la boca del lobo.

Una débil luz rojiza refulgía a través de sus párpados. Alate se asomó tras el vetusto tronco del abeto, pero no era el sol de la mañana, sino el fuego, que devoraba el bosque bajo la montaña. De nuevo, el pánico lo invadió. Enia dormía profundamente a su lado. La despertó. Ya no huían de aquellos seres iracundos, sino de algo que le producía aún más pavor: el fuego descontrolado.

Enia arrastra con esfuerzo el cuerpo del ciervo a través del bosque. La improvisada parihuela se atasca entre las ramas de un endrino y la mujer se rasga la piel con las espinas al intentar desenredarlo. El humo del incendio es denso, debido a la humedad de la vegetación, y se desliza entre los árboles como un reptil. La situación le hace rememorar aquella fuga interminable, la huída de su propia gente, la gente que luego pegó fuego al bosque para hacerles salir o para quemarlos vivos. Con un destello de rabia, tira del arnés enganchado y rompe los precarios nudos que sostenían la estructura. Mira al cielo negro, cargado de lluvia, y se serena. Repara la parihuela con presteza y continúa el penoso camino.

Aún no consigue sacar cuentas de las horas o días que transcurrieron mientras seguía a Alate a través del bosque, lejos de su hogar, de sus padres y de su gente. Su avance se veía a menudo interrumpido por el fuego, por un río o una montaña, por lo que realizaron varios rodeos. Le preguntó a Alate si sabía a dónde se dirigían.
A casa.
Finalmente, las nubes dejaron caer su bendición y apagaron el incendio. El bosque presentaba un paisaje espectral, como un esqueleto negruzco y quebradizo. En el suelo yacían los restos de los animales que no habían conseguido escapar del mordisco del fuego.


Hubo un momento en el que Alate se aceleró. Enia tuvo que correr con todas sus menguadas fuerzas para alcanzarle. El chico había reconocido su hogar. Se abrieron paso entre los oscuros y humeantes tocones, hacia una cornisa, en cuya base se abría una caverna. Delante, unos bultos se dispersaban sobre la roca desnuda. Alate se acercó y se quedó quieto junto a las figuras. El fuego no los había alcanzado, pues la roca había frenado su avance. La sangre negra y espesa se pegó a sus pies. Enia se acercó lentamente, asustada. Al menos dos docenas de lobos yacían despedazados delante de ellos. Alate entornó la cabeza y gritó a la lluvia. Aquel alarido de profundo dolor se grabó en la memoria de Enia para siempre.

Por Elisa R. Bañuelos




viernes, 3 de julio de 2015

FUEGO



El leve aire estival asciende por la ladera trayendo consigo aromas bien conocidos: el olor delicado de la malva en flor, el espeso polen del álamo, abajo en la ribera, el terroso aroma de la tierra seca, templada al sol de junio… Y, formando una amorfa amalgama con los anteriores, el penetrante humo de las hogueras.

Alate recuerda entonces tiempos en los que el aire era limpio y el humo ni siquiera se asomaba en sus pesadillas. Recuerda un lejano claro, probablemente ya inexistente, y una pequeña figura en su centro: Entrelazaba dientes de león, en un burdo intento de confeccionarse una corona, pero en seguida se aburrió y paseó la mirada, llena de hastío, por el claro, hasta que esos ojos, verdes como la tierna hierba primaveral, se posaron en los suyos.
“Ven, acércate y juguemos juntos. ¡Recojamos flores en el bosque!”
Yo no recojo flores.

El trino del chotacabras perturba ligeramente el duermevela de la mujer. El pesado aire húmedo de la ribera apenas consigue elevarse para acariciar la cabellera cobriza, que se descuelga por la rama del fresno como el velamen de una orquídea. La realidad se funde de nuevo en el sueño y cree distinguir unos enormes ojos dorados entre las hojas.
¿Qué haces sola en el bosque?
Se encontró caminando en un anochecer eterno, acunada por el coro de las cigarras. Caminaba y caminaba, con la certeza de que iba hacia un destino fatal, pero no recordaba por qué. A la retaguardia, una sombra negra la seguía en silencio.

En lo alto de la colina, Alate rememora la primera vez que olió el humo. Un escalofrío le recorre el cuerpo.
Debería volver a casa, ya es tarde.
Aquella fue también la primera vez que salió del bosque. Lo que al principio tomó por un claro enorme era en realidad un campo cubierto de interminables mares de hierba y grano. Lo que creyó que eran luciérnagas, fueron creciendo en la noche hasta convertirse en llamas danzantes, el origen de aquel punzante olor. Nunca debió haber salido del bosque, pero la curiosidad le arrastró detrás de aquella niña vivaracha.
Me llamo Enia, ¿cuál es tu nombre, niño?
No soy un niño. Pero me llaman  Alate.

Enia oye un alarido de dolor y se despierta de sopetón, por lo que estuvo a punto de perder el equilibrio y caer de la firme rama del fresno. No era un grito, sino la llamada del cárabo. Sin embargo, aquel grito había sido real, un grito entre muchos otros, que le perseguían desde el pasado.


Primero habían sido gritos de profunda tristeza, mezclados con alaridos de dolor. Después, según se acercaba, se iban ahogando hasta convertirse en susurros de asombro, que se confundían con el coro estival de las cigarras. Pero aquello tampoco duró. “Parece mentira,” piensa Enia “que ahora pueda recordar con exactitud aquellas voces, cuando por entonces ni siquiera sabía interpretar qué significaban esos cambios de tono”. El murmullo se acrecentó de pronto, según unas personas, que reconoció, a pesar de la transfiguración de sus rostros, como las gentes de su aldea, se iban apelotonando junto al primer refugio: su refugio. Una pequeña construcción cónica de piedra, ramas y arcilla. Recuerda haber buscado con la mirada a sus padres entre la multitud. Recuerda no haber entendido lo que estaba pasando, a pesar del bombardeo de frases y palabras “pobrecilla… ¿Quién cuidará ahora…? Horrible… ¡Que no lo vea, no dejéis…! Padres…”.

La noche engulle sigilosamente el valle, bajo sus pies. Sería hora de retirarse del puesto, pero la rabia de los recuerdos fustiga a Alate, que aprieta la mandíbula y permanece tumbado, perdido en las nieblas de la memoria. Recuerda haber visto por primera vez a aquella gente, sumido en una confusión de gritos y humo que abotargaban sus sentidos. Puede que por eso no saltara su alarma, la encargada de decirle que no debía acercarse a esa gente, que eran peligrosos. ¿Cómo podía ser tan joven, tan ignorante?

Los destellos de las hogueras cegaron sus ojos; el humo, disipado momentáneamente por una ligera brisa, dejó entrever retazos del olor dulzón de la sangre, mezclados con un olor conocido. Recuerda que, de pronto, el miedo lo atenazó, cuando se dio cuenta de que la gente había dejado de mirar a la niña y ahora lo miraban a él.
Algo atrae su atención en el horizonte: el humo se espesa y se eleva como una nube de moscas. Alate se tensa y se incorpora de un brinco, estirando el cuello para tratar de distinguir la causa de aquel apestoso fuego a través de la noche. Una cosa está clara: no son las fogatas aisladas que titilan cada anochecer en el valle.
 El bosque está en llamas.

Los amargos recuerdos impiden a Enia conciliar el sueño en la ribera. Con la gracilidad de la garduña, se descuelga del fresno y sus pies descalzos apenas hacen ruido al caer sobre la hierba mullida. Sumida en sus pensamientos, de pronto se sorprende de estar dirigiendo sus pasos al campamento. Le resulta extraño buscar consuelo en la proximidad de otros, pero parece que al fin ha hecho de aquella gente su hogar.

Ulula el mochuelo en la templada noche de verano y el campamento duerme. Un anciano solitario vela el fuego de los hogares y saluda a Enia con un leve asentimiento.

Con esta gente no existían las categorías sociales, el rígido mandato y las apariencias: aquí, todo el mundo aportaba sus mejores cualidades para el bienestar de todos. Por supuesto, había momentos duros. Las migraciones son extenuantes y los inviernos, implacables. Si no conseguían seguir la pista de una gran manada y cobrarse varias presas, el hambre y el frío arrastraban consigo a los más débiles. Enia piensa que si tuvieran grano, esto no ocurriría. Pero enseguida expulsa ese pensamiento de su cabeza: el grano significa el fuego, el fin del bosque, el trabajo incesante.

Por Elisa R. Bañuelos

viernes, 1 de mayo de 2015

TE SIENTO


Te noto, te siento. Sé que no puedo verte, a pesar de los destellos dorados que me persiguen allá donde vaya, como fuegos fatuos, tras el rabillo del ojo. Mas cuando miro no estás.

Te siento, te huelo. La brisa cálida del anochecer estival me trae recuerdos de un tiempo mejor. Huele a musgo, a tierra, a todos los demás, pero, sobre el resto de aromas, sólo puedo oler el tuyo.

Te oigo. Oigo muchas voces, muchas canciones nocturnas, pero ninguna tiene nada que contar, salvo la tuya. Una melodía melancólica, un lamento de impotencia.

Te veo. Desde las altas cumbres, tu silueta se funde con la maleza. No te mueves como una mujer: más bien, tu danza se asemeja a la de una cierva.

Te añoro. Aún estando rodeada de gente, busco la compañía del bosque, con la vana esperanza de tropezar con tus dorados ojos.

Te odio. No sé cuándo empezó, no alcanzo a comprender la razón, mas hay algo en mi interior que me carcome.

¿Por qué no recorremos juntos los bosques más espesos, las cumbres más altas, otra vez?

¿Por qué no lo entiendes?

¿Por qué no me encuentras?

No soy como tú. Soy un lobo y en el bosque cazo.

Por Elisa R. Bañuelos


Aia mape coime, adrete!
In blatugabagli uorete
cante snon celiIui in cete!”

Hey, handsome boy, come here!
Let us pick some flowers
in this forest together!





Nimmi mapos, immi drucocu
In cetobi selgin agumi”

I am not a boy, I am the bad wolf
In the woods I hunt




Omnos, Eluveitie